jueves, 31 de agosto de 2017

"La casa de los ecualiptus", de Luciano Lamberti

Terror de bueno, sin fisuras. En su volumen de cuentos, Luciano Lamberti aborda el terror sin ninguna barrera. Su narrativa no tiene miedo en presentar un pueblo fantasma, una pandilla de hombres perro, una chica de pueblo que sufre estigmas y demás elementos que su prosa deja caer y que, por momentos, logra esa sensación física del miedo.
Los cuentos de Lamberti se presentan cortos, con una trama clara y definida, y aparece el terror, el horror y el tránsito por lo fantástico con la misma altura, la escritura de "El asesino de chanchos" no presenta desprolijidades, se trata de una técnica muy cuidada en un género en el cual, en un momento, la técnica no fue lo más importante. En este caso los cuentos que forman "La casa de los eucaliptus" tienen un manejo magistral del lenguaje, un embellecimiento que resulta fatal en el momento de atravesar los paisajes estremecedores de cada una de las historias. Pareciera que Lamberti es un experimentado cirujano para la creación de monstruosas criaturas, especialmente las más oscuras, las que habitan en la sabiola.

"La casa de los eucaliptus", de Luciano Lamberti. Ed. Random House. 2017

lunes, 28 de agosto de 2017

"La uruguaya", de Pedro Mairal

Una novela viajera. Una novela que cruza el charco. Una novela de viaje. Para leer en viaje. Una novela rioplatense. O montevideana. O recontra porteña.
Pedro Mairal pone sobre el río la pequeña odisea de Lucas, un escritor que, en una jornada, viaja a Montevideo a cobrar un par de trabajos adelantados que lo salvarán del aprieto en el que lo tiene haber pasado un tiempo de silencio. Allí se propone un escritor de idiosincrasia rioplatense que, con lo cobrado, no solamente piensa comprar algo de tiempo libre para escribir, sino que tiene una lista de pendientes que van desde devolver dinero prestado, ayudar a su mujer y arreglar nimiedades cotidianas. A esa jornada para buscar dólares en Montevideo (que además involucra temas de la política actual, de la especulación económica, del cepo cambiario) se le suma lo que, quizá, para la libido de Lucas sea lo fundamental, el encuentro con Guerra, la uruguaya.
La uruguaya apreció en la vida de Lucas en un encuentro de escritores que se hizo en Valizas, allí, en una jornada donde había calor, alcohol, porro y ese reviente tranquilo de cuarentones escritores, apareció Guerra y encendió a Lucas para todo el año. Esa vez el encuentro quedó trunco y toda la relación se ha mantenido por mails.
La uruguaya, de Mairal, mezcla lo mejor y lo más cándido del vivillo porteño, con lo más seductor y fatal de la supuesta calidez uruguaya mientras suena Rada de fondo, se almuerza en el Santa Catalina, Gustavo Espinosa es un personaje admirado. Así, entonces, Montevideo depara una serie de paraísos que, como los mejores, se volverán paraísos perdidos.

"La Uruguaya", Pedro Mairal. Ed. Emecé. 2016


domingo, 27 de agosto de 2017

"Distancia de rescate", de Samantha Schweblin

Smantha Schweblin propone una forma sutil del miedo, una insinuación de una situación terrorífica que, en su prosa dulce y delicada, se vuelve una instancia del horror que uno atraviesa con confianza, como si alguien nos guiara con mucha seguridad por un lugar que no conocemos y que resulta un poco perturbador.
La novela se estructura en base a un diálogo que se da entre una mujer que ha llegado hace poco tiempo a un pueblo rural siguiendo el trabajo de su marido, y el hijo de su vecina más cercana, que la va guiando entre los recuerdos que estructuran la trama de la novela. El diálogo, en realidad se da en un plano de "más allá", entre la vida en recuerdos y la muerte. Entre las vecinas se produce una relación que ronda lo filo/erótico. La forastera, entonces, conoce al hijo "raro" de su vecina, quien se altera y le cuenta la historia. A partir de ese momento la novela entra en una serie de episodios que crean el paisaje nada onírico del ambiente rural, donde los agrotóxicos se han cobrado las vidas de varias familias que deciden hacer silencio y aceptar que el negocio del campo transgénico hace que los hijos de estas generaciones culposas y contaminadas por el deseo ambicioso de la riqueza, haga que su descendencia muera, o nazca con malformaciones que los acercan a monstruos.
Samantha Schweblin, entonces, arrima un aura del horror de una bucólica contaminada. Quizá su elemento más valioso sea alejar el prejuicio de que lo ominoso está en la mente atareada y alienada de las ciudades y que el campo, la naturaleza y sus bondades son pacíficos y amistosos.
En una novela corta donde aparecen secretos como pactos, personajes que podrían ser brujas, arroyos envenenados, niños monstruosos y padres que se vuelven locos, Schweblin nos recuerda que el diablo habita en todos lados y que no hay distancia de rescate.

"Distancia de rescate" de Samantha Schweblin. Ed. Random House. 2014.

domingo, 18 de junio de 2017

"La pieza", de Miguel Avero

A través de un camino pequeño entre la sombra, un haz de luz filoso y marcado, dorado sobre gris, nos vamos metiendo en "La pieza", de Miguel Avero. Un poemario sencillo, doloroso e íntimo que muestra al autor con una forma segura de acertar las palabras en el casillero justo para que formen una serie de poemas que sorprenden por lo cuidado de sus finas elecciones. Entre los tópicos medievales y el aire cotidiano que pareciera heredado de algunos poetas uruguayos como Circe Maia, Avero consigue la musicalidad del pensamiento, la rutinaria tristeza de la puerta adentro con musical intimidad. Una hendija por la cual revisamos la cama, los libros, los pensamientos, el ocio de un yo que no abre del todo la puerta, pero deja que lo miren, que sus versos sean espiados. "La pieza", de Miguel Avero, es un poemario bello de gran esgrima literaria cuidada, sentimental deporte del verso entre sábanas, el sol, despertar.

"La pieza", de Miguel Avero. Ed. Walkie Talkie, 2016.


domingo, 11 de junio de 2017

"Éste es el mar", de Mariana Enríquez


La damita oscura de la literatura argentina deja un poco de lado su lapicera del terror/terror, para meternos en otro mundo. Nada que no haya transitado en otros cuentos y novelas, de todas formas. Sin embargo lo hace de una manera más profunda, aunque también más sútil. No van a faltar, sin embargo, muertes, fantasmas internos, elementos de lo fantástico.
"Éste es el mar" es una novelita corta, que, en alguno de sus procesos narrativos tiene la estética de cuento alargado. Si bien la autora retoma el tópico del fanatismo brutal de lxs adolescentes ya puesto (aunque más macabro) en su cuento "Carne", aquí ese tema va por otros carriles, es accesorio útil para la misión de la protagonista, Helena, un hada que tiene como misión convertir a James, el líder de la banda Fallen, en leyenda, tal como sus compañeras hicieron con Lennon, Cobain, Morrison, etc. Estas hadas, que difieren mucho del ideal adolescente al respecto, se alimentan de la muerte de estos posibles dioses, esos ídolos que mueren en aquel momento justo que los paraliza para siempre en la historia como íconos inamovibles. 
Aparece además, el talento, no cualquier muerto puede ser legendario. Helena tiene que ayudar a James antes de su conversión a estrella (su muerte mítica) ya que las canciones que escribe son horribles.
Enríquez introduce algunos códigos del pop, los mezcla con elementos fantásticos y macabros, aparece la sensualidad, la importancia de lo bello, la estética del arte, del cuerpo, del misterio que crea a las estrellas que seguimos y que seguiremos ad eternum. 

"Éste es el mar", de Mariana Enríquez. Literatura Random House. 2017



sábado, 10 de junio de 2017

"Muñeca", de Marcela Matta

Nota escrita en 2015 para el portal "La Mirada" y para el semanario "Helvecia"

Marcela Matta nos tira sobre la mesa, a través de la Editorial Yaugurú su primer libro de poemas. De inmediato, al abrirlo uno se encuentra con una serie de versos contundentes, femeninos, sensualmente dolorosos, que marcan el tono de lo que será el resto del camino a través de sus letras. Al leer ese primer poema titulado “La Muñeca” uno se cae de la primera página con esta sentencia: “vos sabés,/ que me rompiste”, así nos encontramos con la voz poética del libro.
Dueña de una justeza envidiable y necesaria, Matta nos propone un poemario formado por textos cortos pero severos, inocentemente destructivos, filosamente íntimos. Así, entonces el lector podrá despojarse de la necesidad de soportar extensísimas y superfluas reflexiones poéticas que llevan a una imagen trillada. “Muñeca” propone imágenes cotidianas, sí, pero sinceras, honestas. A la literatura de hoy pareciera molestarle la honestidad, y este libro le da una patada a todo eso con seductor desparpajo: “Amo, con este amor de puta pues lo soy/ y te llevo al infierno de la noche/ y te enfrento a tus miedos extremos/ y pongo allí sobre tu cama tu mayor fantasía/ y te escribo un poema”, dice la voz lírica que propone la autora en el “Poema malo”.
Los poemas que componen “Muñeca” están atados a la intimidad, como si se tratara de una poesía escrita dentro de los límites de la cama, con un “tu” y un “yo” muy definidos, cercanos, enredados en la voz poética: “El día me desnuda de vos/ y qué extraño atuendo el cotidiano/ esperando tu seda (…) qué alivio comprobar/ que he encontrado en tu piel/ mi mejor vestido”.
La autora maneja una esgrima del verso que por momentos recuerda a la poesía de Julia Prilutzky Farny (quien dijera cosas como “Cómo decir de pronto:/ tómame entre las manos,/ No me dejes caer. Te necesito:/acepta este milagro”) con su erótica inocencia, su tristeza íntima: “y me pesa el abrazo/ como una valija de migrañas…” dice la autora en “Viernes”.
“Muñeca” se presenta como un libro de poemas amorosos pero de medida frialdad, desgarrador y mesurado al mismo tiempo, contradictoriamente bello en un oxímoron de tibia pasionalidad, de cuidadoso desgarro: “Yo soy culpable,/ de romper sin reparos y ex profeso/ el frágil, primoroso/ cristal de mi inocencia…”.
La urbanidad dentro de la casa, la “putez” dulce, el verso amorosamente asesino (“…ya no precisamos/ el cuerpo, el alma,/ ya no nos amamos…”) hacen un celebrable debut para Marcela Matta que deja en nuestros brazos esta muñeca como un libro-hembra bello, con una sencillez impúdica.  
"Muñeca", de Marcela Matta. Ed. Yaugurú. 2015.

domingo, 28 de mayo de 2017

"El motel del voyeur", de Gay Talese

No estoy seguro de que “El motel del voyeur” de Gay Talese merezca demasiados comentarios. Se trata de una novela perteneciente al género “no ficción” acerca de un personaje que le escribe al autor acerca de un secreto perverso e íntimo; es voyeur. De hecho a construido un par de moteles que, detrás del negocio, esconden su forma de vivir la sexualidad. Si bien es un secreto que comparte con su esposa, hasta el momento en que el envía la primera carta a Talese, que es la que desencadena el cuerpo de la novela a través de un diario de voyeurismo, es algo que no había confiado a nadie. El autor conoce al personaje, al lugar, se hace de ese diario de a poco, muestra documentos de sus protagonistas.
Teniendo en cuenta que el autor pertenece a la generacion de Capotte y de Wolfe, que inaugura, de alguna manera, el concepto de “nuevo periodismo” y que éstos son de los pioneros en el género junto al rioplatense Rodolfo Walsh, el libro, que posee un cambio de registro entre lo narrado por el autor, el diario, y algunas fuentes más sobre voyeurismo, tiene una trama que se vuelve enlentecedora, que da demasiados detalles del asunto, que lo hace monótono, que no explota del todo el atractivo del título y del tema y que, recién pasada la mitad del libro, guarda alguna sorpresa, no resulta la bomba que, pareciera, Alfaguara pretendió tirar sobre el panorama literario.
De todas maneras me pregunto por el concepto de “ficción” de “autoficción”, de “no ficción”, especialmnte sobre estos dos últimos que parecen estar tan en la palestra.
¿Asistimos a la muerte de la ficción? ¿se volvió indiferente aquello de crear una historia sin que importara su trasfondo autobiográfico? De alguna manera, todo aquello en el mismo plano una vez que todo lo escrito, podemos decir, se vuelve ficción, pero se trata de un fenómeno editorial o literario, o ambos, el hecho de que lo que más se edite últimamente tenga que ver con el diario, la crónica, la “non fiction”, lo histórico, ¿ha llegado el hombre a desconocerse y necesita que le revelen lo real? ¿se ha vuelto el lector un voyeur del autor? ¿o siempre lo fue? ¿la “autoficción” desmedida de hoy tiene que ver con una era narcisista, masturbadora del ego? Son preguntas que caprichosamente me hice a partir de la lectura del libro y de tantas que en el último tiempo he venido realizando. En fin, tendremos que seguir esperando a ver si esto se sostiene, si es el nuevo modo de la escritura, cómo siguen fusionándose texto y autor. 

"El motel del voyeur", Gay Talese. Alfaguara.2017

jueves, 25 de mayo de 2017

"El mismo río", de Jorge Castro Vega

Un libro que se lee de un tirón, como un flash poético, pero no con violencia, sino como una aguja delicada de versos que van hilando e ilando los poemas que conforman “El mismo río” de Jorge Castro Vega”. Y si bien, como digo, es un libro que me devoré en un viaje interdepartamental, ya a los pocos minutos necesité releerlo. Es que esas suaves cachetadas provocan un pensamiento similar a la necesidad de comprobar si uno leyó bien, porque la sensualidad de cada uno de los textos es tan placentera como compleja, y vuelvo al tópico manido de la complejidad de lo simple, pequeños retazos de un libro que en su forma de decir, en su sonoridad de flauta traversa en lo oscuro, esconden justamente eso, una posibilidad de misterio producto de un lápiz en mano de alguien que sabe cómo, qué y por qué se dice. Esta última obra de Castro Vega es el reconfortante encuentro con uno de esos poetas que han cuidado mucho los centímetros a los que decidieron ponerle lengua. Siguiendo con mis (no tan) caprichosas alegorías musicales, aquí no suena un acorde de guitarra, aquí suena una sola nota, pero bien vestida.
El libro, dividido en varias partes, con citas que marcan momentos, temas y tonos, y que van desde Ángel González a Ezra Pound, tiene un mirarse adentro de intimidad que, sin embargo, no es un mirarse el ombligo, es un mirar a los oros, en los sonidos que uno guarda. Qué pinchacito placentero dan estos poemas breves, que tranquilidad ésta de ese mismo río. Hay que meterse al río que versea Jorge Castro Vega, está tibio, mansito y refresca los huesos musicales de cada uno.  

"El mismo río", de Jorge Castro Vega. Ed. Yaugurú 2017

martes, 16 de mayo de 2017

"Poemas de la pija", Martín Uruguay Martínez

Sin duda guiados por el contundente título de este poemario, muchas de las lecturas del texto se han basado, quizá pura y exclusivamente, en una de las tantas líneas que el gesto de su publicación implica. Pero releyendo el libro de Martín Uruguay Martínez, pienso que no deba ser tomado necesariamente como una colección de textos poéticos (ensayísticos incluso) que basen su eje central en una sexualidad desaforada o en un lenguaje soez, ni siquiera en un desbocamiento del instinto. No se trata aquí de lo punk por la lengua plagada de puteadas o de imágenes trash que signifiquen una pija. Creo que, leerlo por ese lado, o exclusivamente por ese lado, sería un fracaso.
"Poemas de la pija" implica una deconstrucción de la patria, una destrucción del anquilosado concepto del "ser" uruguayo. No se trata de un libro obsceno por el sexo, se trata de un libro obsceno por tirar un balazo en medio de una plaza de mansas palomas para que vuelen de una puta vez. Todo aquello que la tradición uruguaya, esa superstición de la garra charrúa, creyó intocable, es, en los versos de Martínez, pasado por la picadora de carne; la música, la poesía, la política, lo mediático. Se trata de una lírica que le revuelve la cabeza al jubilado, que le pone pastillas al té de la abuela. Es un modo de derribar la tradición, pero no exactamente sobre una estética del desengaño, sino un vislumbramiento de que habrá otro "país" diferente, cagado a golpes, claro, humano (con pija, con mierda, con semen, con belleza), nuevo. El libro habrá de ir degollando, largará un vómito punk, pero detrás de todo, se saca un antifaz y dice: "bueno, listo, ahora sí, empecemos". Detrás de un juego muy logrado para gritar que el rey (y que todos) estamos en pelotas de una manera necesaria y violenta, hay en los poemas unos intersticios que dejan ver una belleza tenebrosa, esos fragmentos en cada poema funcionan como la ranura por la que habrá de saltar a pura fuerza, el color, lo otro, el brillo de un espejo donde mirarnos y ver que queremos ser otros. La poesía que todo lo mejora, incluso a sopapos.

"Poemas de la pija", de Martín Uruguay Martínez. Ed. Pingüino Down. 2016

sábado, 22 de abril de 2017

"Metástasis", de Nelson Díaz

Esperé casi un año por esta novela que viene a completar el proyecto "Terminal Moebius". "Metástasis", la novela de Nelson Díaz es la tercera de una serie que se inicia con "Corporación Medusa" y que sigue con "Resaca" en una suerte de trilogía que bien puede leerse en orden y desorden, independiente o no. Es que toda la narrativa de Díaz se trata de un enorme experimento que juega consigo y con el lector.
Esta vez, Roger, nuestro querido protagonista, reencuentra algunos de los elementos perdidos en la anterior novela, quizá no esté tan solo, todavía le queda la presencia o el recuerdo de algunos de sus compañeros, los Perros Terrestres, esa banda disiente de los dogmas de La Corporación, una entidad manejada por Su Excelencia, un personaje que nunca da la cara, pero que decreta toques de queda y lemas que habrán cumplirse a rajatabla gracias a su fuerza de choque, los Largactiles. Esta vez, el mundo construido en la novela está más decadente que nunca, más marchito, mas en el horno. A la locura de cada uno de los personajes, a la pasividad controlada de los "chupamates" que habitan "Monolandia", se suman los ñeris, los suicidios, las arremetidas del colectivo Ovejas Negras, la incompetencia del Inspector Bengoa (un personaje levreriano), y el asesinato de travestis que llevan, como firma, dejar en los cadáveres una careta de Cris Namús.
El mundo personal de Roger, también está en crisis, recuerda la pérdida y el asesinato no resuelto de Paula, su ex novia, la presencia cada vez más fuerte a nivel social de su psiquiatra Faustroll, su locura.
"Metástasis" profundiza el juego de puzzle que planteara "Resaca" y, como en la anterior, las fotos, los afiches, los dibujos forman parte del lenguaje para leer la novela, los discursos cambian, los colores del texto, los registros que van desde los artículos delirantes de Vico (un personaje salido de La Diaria), y las meditaciones en torno a Bengoa. Como arte, un enorme trabajo de la Editorial Yaugurú. La novela juega con ser objeto, también.
"Metástasis" es un respiro ficcional, en medio de tanto autobombo literario donde todos contamos nuestra autovida. Una gran novela entre Burroughs y Polleri, entre Patti Smith y Darnauchans, que llega a ser muy Díaz. Se trata del final incierto de una sólida trilogía y cargada como es "Terminal Moebius". O el inicio. O el fin. O el inicio. O el fin. O el inicio.

"Metástasis", de Nelson Díaz. Ed. Yaugurú. 2017. 

domingo, 9 de abril de 2017

"Adiós a los árboles de Coal Creek", de Santiago Pereira

Un libro que se ve como un VHS. Una película de los 90'. Un primer disco compacto allá por el 92. Uno de los últimos cassettes que pusimos a rebobinar para escuchar una voz poética, anglófila, bella, que nos habló de un paisaje al norte, que nos contó una historia de cómo una década parió personajes, poetas, notas, una cierta belleza de nuestros diez o doce años. Así leí el libro "Adiós a los árboles de Coal Creek" de Santiago Pereira.
Una poética que evoca la voz de los árboles de Coal Creek, de donde salen los fantasmas de un lugar, de una época, de gente que ha vivido con nosotros desde su lejanía. El libro, a modo de epígrafes en cada poema, nos pone como hilo narrativo, los pasos de Demri, una minita on the road, que tras haber oído el disco de su novio, se larga a caminar entre los versos que el autor dibuja con admirable belleza, prolijidad, justeza. Demri atraviesa una ruta con imágenes frías, como en un film yanqui; los poemas la calientan, la alocan, la entristecen, porque las letras, como un bosque de árboles secos y helados, están allí firmes, goteando versos, historias en compacts copiados, lágrimas bellas de una era que murió, un long play que se terminó, un cassette de cinta enredada y anudada para siempre.
"Adiós a los árboles de Coal Creek" es una bella ceremonia que entierra una era, que nos entierra a algunos, y que deja un tallo verde para algo que viene, las palabras, como canciones, matan y dan vida, se despiden y emprenden un nuevo viaje. Aparecerá otra era, otros versos, otras ramas con letras.

"Adiós a los árboles de Coal Creek", de Santiago Pereira. Ed. Yaugurú. 2016.

domingo, 19 de marzo de 2017

"Pichis", de Martín Lasalt

Martín Lasalt saca una novela de la basura. Bolquetea en las calles montevideanas, se mete entre las bolsas, manosea lo podrido, revuelve y revuelve entre la mierda de una ciudad que escupe su parte oscura y, de esos tachos, saca dos personajes poéticos que llevan adelante el breve rato donde caminamos con los pichis; aparecen el Cholo y la Chola.
A partir de estos dos personajes, que son una suerte de pareja de delirios lumpen, vamos recorriendo una ciudad, un tiempo, unos paisajes que apelmazan y juntan las fronteras entre lo real y lo delirante, como si de tanta hambre, el mundo y lo concreto se nos fuera al carajo. Aparece, entonces, lo poético. La novela está inundada de unas construcciones que la vuelven poesía, poesía sacada de la basura, cartoneada entre comida descompuesta y el tiempo, el frío, la gente que pasa sin prestar siquiera sus ojos a dos personas que, quizá, están muriéndose en la calle, con la dignidad golpeada, con las bellezas roídas por los ratones de la pobreza, con el corazón al aire como única comida.
Detrás de todo, de los capítulos que, además pueden leerse de manera independiente, detrás de las figuras del Cholo y de la Chola, está el amor, el amor como la vida, el que llevan, el que mendigan. Mientras estos "pichis" se aman, la ciudad pasa, ciega, inundada, partida, congelada.
"Pichis" es una novelita del subalterno, del absurdo, de la poesía que salta de lo podrido, formada por un lenguaje que vuelve belleza aquello que es muerte, igual que sus protagonistas.

"Pichis", de Martín Lasalt. Fin de Siglo. 2016


lunes, 13 de marzo de 2017

"El miserere de los cocodrilos", de Mercedes Rosende

Una novela policial yorugua. Una novela que da por tierra toda nuestra imagen de inspectores yankies al estilo "Criminal Minds". Una novela que expone la corrupción. Una novela que pinta el imaginario de la cabeza uruguaya a raíz de ladrones, asesinos, abogados garcas, gente que mira para lo costados. Una novela que tiene un aura femenina que la envuelve, que la lleva de la mano por las calles de una Montevideo oscura, fría, con una neblina negra que la cubre.
"El miserere de los cocodrilos" tiene a Úrsula como protagonista. Una mujer con complejos con su cuerpo, con la sombra de su padre muerto que la sigue, que ha padecido esa pequeña violencia familiar que traduce estereotipos, aquello que "se debe", aquello que se muestra solo de una manera para que sea correcta. Una gorda empujada, no sin cierto gozo, a situaciones límite que la mezclan con el delito, la muerte, la mentira, el espionaje. Se trata de un texto policial donde las víctimas y los victimarios se confunden porque todos tienen un muerto en el placard, porque, quizá, en una sociedad como la que transitamos al salir a la calle, todos seamos víctimas de una situación, verdugos de otra.
El narrador de la novela juega con el lector, lo arrastra, lo guía, pero no lo sabe todo, o al menos, no lo cuenta todo. Despacio va develando algunas diapositivas que pintan el eje central del texto.
Las temporalidades varían aunque el presente no siempre responde al pasado, nos recuerda aquello que decía Sartre: "somos lo que hacemos, con lo que hicieron de nosotros", una infancia desgraciada nos puede llevar al límite, pero quizá esta adultez ominosa tenga su explicación en demonios actuales y propios. El lenguaje, por otro lado, contiene esa poética necesaria para la belleza, pero que no se separa de los ambientes grises, terrestres y burdos de los pasillos de juzgados, de los olores a muerte de las cárceles.
Entre idas y venidas, entre la soledad y lo "border", la novela de Mercedes Rosende pone, con una belleza densa y oscura, sobre la mesa que quizá todos lloremos con lágrimas de cocodrilo.

"El miserere de los cocodrilos". Mercedes Rosende. Ed Estuario. 2016




jueves, 9 de marzo de 2017

"Toda clase de cosas posibles", de Virginia Feinmann

Como picotazos, como relámpagos, como gritos de dolor apagados -y no tanto-, o como risas contenidas, atadas, en medio de un velorio. Así son los pequeños textos, los capítulos de esta especie de novela-criatura escrita por Virginia Feinmann. En “Toda clase de cosas posibles” podemos ver el ir en el tiempo de una protagonista mujer, consciente de su sexo, de su historia, de paso por el tiempo, por un país. El decurso de la novela, si es que el texto necesita ser catalogado, se despoja de la anécdota lineal y tradicional, y toma el formato relato breve para la narración que compone la obra entre el diario, la crónica, el microcuento, las arremetidas poéticas de una voz femenina marcada, en suma, por el amor.
Una Virginia protagonista de estos capítulos facebookeros va y viene en el tiempo para contarnos desde un abuso por parte de un pariente, el enamoramiento de un jefe forro, y el quiebre del amor con su pareja, Martín, desde el momento en que él le pide separarse, el ir a vivir sola, llorar, poblar la casa de ausencias, purgar el amor hecho percha contra el sexo apagado.
El lenguaje de la novela es sencillo, un realismo porteño, ciudadano, que, sin embargo, no se ve vacío de momentos de enorme belleza versera, como si, entre la realidad agrisada apareciera abierta la flor de un poema para llorar el desamparo, hacer pelota a los tilingos, rabiar el triunfo de Macri, meterse adentro de la historia, con una historia particular debajo del brazo. 

"Toda clase de cosas posibles", de Virginia Feinmann. Ed. Mulita, 2015

domingo, 26 de febrero de 2017

"Sofoco", de Fernando Noy

En 2014, la editorial Mansalva edita, en Buenos Aires, el libro "Sofoco", del poeta, actor, performer y cronista, Fernando Noy. Se trata del primer libro de cuentos del autor, algunos de ellos, ya habían aparecido en algunas de las entregas del Suplemento Soy de Página 12.
Signados y guiados por un hilo caliente de notable carnadura erótica, los siete cuentos del libro que presenta La Noy, están llenos de un realismo de piel abierta que pone a personajes, la mayoría untados con un tufo a autoficción, en situaciones de sexo dolorosamente atractivo, en esa mezcla perversa y atractiva del dolor, lo pornográfico, como un cóctail delicioso de muerte y semen. Los cuerpos de cada uno de los cuentos sufren el ejercicio de su deseo, sienten el filo de ser lo que son. Maricas que van trágicamente detrás del placer.
Dese una joven aventura pueblerina con dos muchachos gemelos que clavan con furia dulce a un protagonista en iniciaciones, o las aventuras con un taxi boy que mantiene a su familia vendiendo su cuerpo en un sauna que los personajes conocen durante un desfile organizado por Paco Jamandreu, hasta las oscuridades perversas que vive un chico con su tío, los relatos se vuelven pornográficos y poéticos. La prosa de Noy corta el aliento del lector en ese "Sofoco" (nombre tomado de la canción de Chico da Silva y Antonio José). 
Sin duda el último de los cuentos se vuelve un relato explosivo; "Piel de vagina" narra los actos sexuales de un protagonista encarcelado en una comisaría durante la última dictadura argentina con su torturador. El cuento, llevado con gran prosa, mezcla el deseo con el clima espeluznante de milicos y picanas. La putez como manera de la vida, el modo de zafar de la muerte y los castigos impiadosos de hombres en sombras.
Los siete textos de "Sofoco" muestran a Noy como un cuentista fuerte, un mago crónico de la sensualidad sacada de las galeras de lo imprevisto.

"Sofoco", de Fernando Noy. Ed. Mansalva. 2014

"Resaca", de Nelson Díaz

(Publicada originalmente en www.lamirada.com.uy en inicios del 2015) 


Voy a hacer mías unas palabras que dijo Luis Bravo en una entrevista hecha días atrás para La Mirada. Lo que plantea Bravo es que, en su búsqueda por una ruptura o por un lenguaje nuevo, lo anecdótico de la novela lo aburre. Y la verdad es que, creo que Bravo me ha robado las palabras, o al revés. No está claro. Pero en definitiva, debo admitir que, salvo honrosas excepciones, las novelas que han aparecido tienden a ser siniestramente aburridas. Y no es que estén mal escritas, pero su giro en la anécdota no logra la belleza del lenguaje y por tanto, no logra su aventura. Por eso el lector como yo, se aburre. Es por eso que la aparición de algunas novelas me resultan reveladoras, son esperadas, un respiro, un Rivotril literario en un momento de tormentosas letras innecesarias. Es el caso de la novela “Resaca” de Nelson Díaz, editada este año por Yaugurú.
Periodista, novelista y poeta, a Nelson Díaz se le cuelan todos sus oficios en esta especie de collage o de patchwork, como en la misma novela se dice. El discurso se rompe entre lo poético, la entrevista, la ficción narrativa e incluso un juego con el relato gráfico. Eso, en principio, hace que la lectura se vuelva muy acelerada, anfetamínica. La novela se abre y es casi imposible dejar de leerla. Tiene un ritmo muy acelerado, al revés que el ritmo de su protagonista, Roger, quien acaba de salir de una internación psiquiátrica y lleva una vida libre de algunas preocupaciones laborales, por tanto el tiempo de la ciudad “normal” no es su tiempo. Pero sí lo ocupan por completo algunos temas recurrentes, casi obsesiones; la aparición de su ex pareja muerta, algunos personajes que lo persiguen, una carpeta de poemas para corregir y un concepto que llevará adelante la novela que es el “Ludo Biológico”.
“Regresé al viejo caserón. El olor a encierro y humedad fue una cachetada en mi cara. Abrí los postigos del ventanal. Mi cuarto estaba en orden. La cama en el mismo lugar, varios blisters sobre la mesa de luz y un vaso con un líquido incoloro. El psiquiatra me prescribió Valcote, Rivotril y Floxet (…) El tipo me había deseado suerte. Como el título del poemario que intentaba escribir cuando los Largactiles me capturaron”
En medio de una realidad incierta, Roger recuerda algunas de las cosas que sucedieron y que quedaron pendientes antes de su internación. Así entonces aparecen personajes, grupos y corporaciones de los orígenes más variados. Como en un delirio, o en un ataque de psicosis, la novela corta nuestra mente para seguir entre gente escapada de la historia y seres escapados de la imaginación del autor. Aunque no esté del todo claro y, cada tanto, uno mire a su alrededor porque le parece que esos personajes andan en la vuelta.
“Resaca” se escapa de los ojos del lector a través de capítulos cortos, algunos directamente en verso, que podemos relacionar con los manuscritos de “Suerte”, el poemario que Roger debe corregir y que lo persigue como un karma. Más allá de eso, la trama es oscura en su composición, poniendo a Nelson Díaz como “el último dark”, como dice uno de los epígrafes de la contratapa de la novela. Sin embargo, es luminosa porque el lenguaje bellamente utilizado (y más en esta época) es siempre luminoso, como la brasa encendida de un porro.
“Bajo un palmo de tierra, viendo crecer los cipreses desde otra perspectiva, Paula esperaba el olvido definitivo. La diferencia era mínima. Yo también esperaba que se olvidaran definitivamente de mí.”
En definitiva, la novela se vuelve algo necesario, pero a su vez adictivo. Es un tiempo narrativo y un juego (destrucción) del lenguaje de la narración tradicional que nos toma con cierta agradable sorpresa, porque los patchwork tampoco son nuevos, pero aquí hay humor, ironía, oscuridad y pura belleza. En ese sentido, le adjudico un juicio que se le hizo una vez a Darnauchans y que Díaz conoce bien: “esteta decadente”. Pero tanto el Darno como Nelson con su novela no son decadentes. Son estetas en un mundo que es decadente, esa no es su culpa, es su don y su maldición. Como le recuerda a Roger un Boris Vian histórico-delirado dentro de la trama: “Que se mueran los feos”.

 

martes, 21 de febrero de 2017

Esa mujer me da miedo: entrevista a Mariana Enríquez




Impactado por la aparición de su primera novela, "Bajar es lo peor" (1994), hoy el ambiente literario argentino ya tiene el nombre de Mariana Enríquez instaladísimo como una de las grandes referentes de la narrativa actual. Heredera de los elementos alquímicos que hacen a la tradición literaria de la Argentina, sabia "traductora" de los miedos sociales, con algo del horror cercano de Stephen King y otro poco de la sombra de Alejandra Pizarnik, Enríquez ha logrado hacerse de un nombre clave para los lectores de las letras de terror. Varios de sus cuentos han circulado desde Página 12 (donde se desempeña como subeditora del suplemento Radar), y se han instalado como un zumbido oscuro con sus tramas espeluznantes por lo posible, aunque nunca faltas de un elemento fantástico que de el toque exacto para que el lector se sienta, por completo, metido en clima inquietante, que lo lo excita y lo atrae. 
Si bien se le ha conocido como una fanática y experta lectora de la literatura de vampiros, no es por allí donde caminan sus historias, sino que toman ese algo siniestro que todos tenemos y los muestran descarnado, para que, al leerla uno se pregunte cómo no pensar en que algo así podría estar esperándonos en la vereda: mujeres quemadas, adolescentes desequilibradas, niños muertos, celos, terrores íntimos que se cuelan en la consciencia colectiva, que están latentes y que Mariana Enríquez relata con maestría para sacarnos la venda y ver que, mucho de lo que nos rodea, puede ser una historia de horror. 
El año pasado se editó su libro de cuentos "Las cosas que perdimos en el fuego", que fue editado en más de veinte países, además de los de habla hispana, que le valió el premio Ciutat de Barcelona en la categoría "literatura castellana", y este año se reeditó, a través de Anagrama "Los peligros de fumar en la cama", su anterior volumen de relatos. A propósito de algunas cosas, le hacemos algunas preguntas a Mariana Enríquez.


¿Hay miedos rioplatenses que puedan diferenciarse del resto?

Si, todos los lugares tienen sus miedos particulares. Encuentro que, si llamamos “rioplatense” a Buenos Aires y Montevideo, nuestros miedos son algo melancólicos, muy fantasmales. Son ciudades lejanas, húmedas. No sé: a mi siempre me dieron bastante miedo las novelas de Larsen de Onetti, especialmente el clima gótico de El Astillero.

¿Se podría hablar de un terror/horror rioplatense como género?

Eso es otra cosa. En castellano, en general, el horror siempre se presentó en casos aislados. En escritores aislados –aunque algunos muy importantes, claro, como Quiroga; pero pensá cuánto hace de Quiroga-- o en relatos o novelas aisladas de escritores que no se dedicaron. Para que sea un género, como el cuento de fantasmas inglés, tiene que haber una tradición clara y creo que no la hay.

Así como con la muerte, ¿ha habido un tabú con el terror?

Espero que no. Algunos hechos muy espantosos de la guerra y la política suelen ser tabú, pero cada vez menos.

¿Por qué la figura femenina se vuelve tan axial en el género a lo largo de la historia?

Porque tradicionalmente la mujer fue lo vulnerable que había que proteger. Y perder a la mujer, de alguna manera, era perder la descendencia, la especie. También, casi al mismo tiempo, era la bruja, la mujer peligrosa en tratos con el Demonio, que rompía el orden masculino de la religión y el dominio. Luego, en el gótico, me parece que había un impulso sobre todo de las escritoras mujeres que escribieron el género en hablar sobre sus encierros, sus frustraciones, sus limitaciones, desde un lugar muy oscuro –que lo era--. Hoy, por toda esa historia, la mujer se ganó un lugar protagónico aunque el rol afortunadamente puede ir variando, puede ser villana, puede ser la monstrua, la brutal.

Tanto en “Los peligros de fumar en la cama”, como en “Las cosas que perdimos en el fuego”, hay una presencia política fuerte. La política ¿tiene su costado terrorífico?

Por supuesto, la política es lo que influye directamente en la vida de la gente y, especialmente en nuestros países, puede ser muy violenta. Las dictaduras, las grandes crisis, la desigualdad, todo eso es el horror.

¿Por qué el horror tiene tan presente la adolescencia como eje central? Incluso en “Los peligros” y “Las cosas que perdimos”, hay varios cuentos protagonizados por adolescentes.

No sé en general, pero en mi caso la adolescencia me parece un momento muy poderoso y muy vulnerable. El gusto por el peligro, el despertar sexual, la crueldad de cierta inconsciencia, la rebeldía e incluso cierto enamoramiento con la muerte que vienen con la edad son ideales para un relato del terror. Eso también sucede en cine.

¿Por qué escritores, del género o no, te sentís influenciada?

Stephen King, Robert Aickman, Ray Bradbury, William Faulkner, el Cortázar cuentista, Peter Straub, Rimbaud, J. G. Ballard, Neil Gaiman, Bruce Chatwin, Roberto Arlt, Manuel Puig.

¿Qué escritores de la actualidad te interesan?

En castellano, Federico Falco, Maximiliano Barrientos, Javier Calvo, María Gainza, Margarita García Robayo, Liliana Bodoc, Mariano Blatt (apenas una selección). En inglés y algún otro Laird Barron, Kelly Link, M. John Harrison, Helen Oyeyemi, Warsan Shire, John Ajvide Lindqvist, muchos más.

Para el terror, ¿el cuento o la novela?

Los dos.

Parafraseando una película clásica de asesinos en serie, ¿cuál es tu película de terror favorita? ¿Por qué?

"Mulholland Drive", de David Lynch. Porque me da miedo, sencillamente.

¿Y libro?

Cementerio de animales de Stephen King. Por el mismo motivo y además porque es extremadamente retorcido y valiente. Un libro sobre el miedo a la muerte descarado, brutal.

Cerrada la gira de “Las cosas que perdimos en el fuego” que ha sido explosiva, ¿qué proyecto literario tenés?

Falta para la gira del libro, tengo que ir a algunos lanzamientos europeos. Los próximos proyectos son una novela corta fantástica, filo juvenil, que saldrá por Random en abril y estoy escribiendo una novela. Larga. De terror. Pero no puedo decir mucho más.

lunes, 13 de febrero de 2017

Nowhere man: entrevista a Gabriel Peveroni


Periodista, escritor, conductor y productor de TV. Hace poco reseñábamos de forma antojadiza su novela "Los ojos de una ciudad china" (editada por HUM en 2016), un texto armado a manera de multivoces o multivisiones, que nos cuentan los avatares de una serie de personajes que confluyen en Shangai, una ciudad admirable y temible que crece a gritos. Entre el pasado y el futuro, entre las situaciones enredadas de europeos, sudacas y orientales, la novela se abre paso con una prosa cuidada y adictiva.
Con poesìa, mucho teatro (ya es mentada la dupla Peveroni - Dodera), y con tres novelas anteriores ("La cura", "El exilio según Nicolás" y "Tobogán blanco") en su haber, el autor logra con su último trabajo un despegue de la narrativa anterior, aunque siguiendo ciertas líneas experimentales como jugar con supuestos textos de César Aira, o la presencia de Bowie como un fantasma inevitable de una era "pop". Un licuado de la posibilidad de ficción y de la técnica narrativa hacen de "Los ojos de una ciudad china". A propósito de la novela y otras yerbas, le hacemos algunas preguntas a Gabriel Peveroni.

1)      ¿Por qué, desde su inicio en forma de obra de teatro, se te ocurrió Shangai como escenario?
De algún modo, todo empezó -lo de Shanghai- por la necesidad de elegir un lugar para continuar la serie Groenlandia-Berlín, obras teatrales que escribí y dirigió María Dodera y que comparten un cierto lenguaje poético y búsquedas estéticas. Groenlandia tiene su origen en cierta metáfora adolescente referida a Uruguay, por el frío, por el mismo huso horario. Y lo de Berlín ya era más complicado: alguna vez había escrito algún verso referido a Berlín, acaso por el muro, o por resonancias que pueden ir hasta un verso perdido de Fito Páez, de la canción "Lejos en Berlín", de la época que Fito estaba incendiado de Bukowski y Prince. En su momento me divirtió escribir sobre un lugar al que no había ido, pero del que se podía compartir incluso nostalgia, un lugar muy pesado para los que vivimos la segunda mitad del siglo XX habituados a que hubiera dos mundos... Aquella obra, que la hicimos en el Goethe y algunos la vieron como posdramática, transcurría en un aeropuerto, en tránsito, en viaje a  Berlín. Y al momento de elegir Shanghai no hubo muchas dudas: quería salir de Occidente, había una referencia a una novela que había leído de la drag-queen Miss Shangay Lily, pero sobre todo algo que me había comentado sobre Shanghai un uruguayo que vivía allá, un surfista de los 70 que soñaba con ir a Hawaii y la aventura de su vida lo llevó a vivir en Francia, en Canadá, en Bali y en determinado momento, cuando cumplió cincuenta años, se propuso vivir en un sitio con la "máxima dificultad", esas fueron sus palabras, y ese lugar era Shanghai. De algún modo, para mí significaba escribir una obra con una fuerte dificultad... y como me aterró un poco, o más bien no quise continuar el camino más corto, o sea continuar el lenguaje y personajes de Groenlandia y Berlín, pasó algo curioso y que me abrió otros caminos: decidí escribir una novela para probar personajes y luego llevarlos a otro plan de dramaturgia. Ese es el inicio de "Los ojos de una ciudad china", que en realidad es parte de un proyecto narrativo que fui haciendo sobre la marcha, que empezó en el 2010 y todavía no está terminado, y cuya primera etapa es esta.

2)      ¿Cómo fue el proceso de construcción de personajes? ¿Por qué la elección de cada uno?
Hay por lo menos tres grupos de personajes en "Los ojos de una ciudad china". Un primer grupo nuclea a los que están ligados al documental que está haciendo un equipo de televisión española en Shanghai, y esos vienen del anclaje que decidí hacer en esa ciudad china y en posibles personajes para poder empezar a escribir. No podía hacer una novela con personajes chinos, por ejemplo. Por eso elegí una serie de personajes hispanoparlantes, los que -de alguna manera- adoptaron algunas características que tomé de mi experiencia como productor periodístico en el programa Ir y Volver de Tevé Ciudad, dedicado a historias de emigrantes uruguayos. Así fueron apareciendo Igor y Brian (los que van a filmar a Shanghai) y una serie de personajes que ellos, y yo también mientras escribía, fuimos conociendo: el chileno Arturo Ledesma y su familia, por ejemplo, que es uno de los centrales. Hay otro grupo de personajes que tiene que ver con China, directamente, y son pocos, lo que los hace manejables: Xiaomei, su nieta Alaia, el japonés Akira y en ese grupo incluyo a Ziggy. Después hay otro grupo en el que pondría a los que vienen de otros lados, que tienen una prehistoria, o algo similar. Me refiero a Melina y a Joy, que aparecían en Groenlandia y en Berlín, aunque no sean exactamente los mismos. Y también agregaría en ese grupo a los "literarios", como Cesar Aira, a la investigadora de su obra Charlotte Tzara o a personajes de otras ficciones como María Zauber o el grupo de rock Los Suicidas. Hay otros personajes que no aparecen en "Los ojos de una ciudad china" pero que son centrales en la historia que se desarrolla en libros posteriores, pero eso lo dejo para más adelante. Lo que sí, al ir pensando los personajes, en una primera instancia, como materia prima o borradores de una futura obra teatral llamada Shanghai, traté de desarrollarlos con bastante precisión y cuidado, me detuve en ellos, probé escribir desde sus sensibilidades, que es un poco como se trabaja la dramaturgia de actor antes de ir a la escena.


3)      La novela está escrita en diferentes registros, ¿es un modo de “escapar” de la narrativa tradicional?
La única intencionalidad previa, que podría señalarse como no tradicional, fue la de escribir una novela fuera impublicable desde un punto de vista práctico. Me plantee una meta de dos millones de caracteres, al pensar una estructura de 365 puntos de vista, cada uno por cada día del año, de diferentes personajes, a lo largo de doce meses de diferentes años, no precisamente consecutivos. Si cada fragmento lo empecé trabajando en unos 3500 caracteres y después se me iban a 5000, el grado de obsesión y de locura era bastante alto, sobre todo si no quería perderme, naufragar, que de hecho fue lo que pasó cuando llegué al mes de julio, que es hasta donde llegué, aunque tengo terminados un par de meses posteriores. Ese vendría a ser el magma central del proyecto... y "Los ojos de una ciudad china" recoge solamente los tres primeros meses... enero, febrero y marzo, luego reeditados para que la estructura fuera más adecuada para el lector, para quitarle las costuras de hacerlo en la sucesión que utilicé en la escritura... Cada punto de vista no implica diferentes registros, o sí, porque se empezaron a sumar, por ejemplo, páginas de libros atribuidos a Cesar Aira, por ejemplo, que es uno de los mecanismos que se me ocurrieron para en primer caso divertirme y luego se volvieron esenciales al libro, porque de alguna manera hay un juego de la ficción incidiendo en lo real, por ejemplo que el personaje de un libro de Aira sea imitado por otro personaje en otro plano de la ficción. Así todo se va transformando en un juego de cajas, que muchas veces no se acomodan una dentro de otra, e incluso e intersectan. O sea, los puntos de vista, por ejemplo, suelen ser contradictorios en lo real, y eso se lleva a la novela, en la que hay cosas que se relatan de diferentes maneras según sean vistas por un personaje o en distintos tiempos.


4)      ¿Podríamos hablar de una novela Pop? ¿Por qué?
No soy la persona adecuada para etiquetar a la novela. Sé que hay quienes la señalan como una novela pop, que no sé bien lo que quiere decir, pero seguramente tenga que ver con la urgencia, con ser muy contemporánea, con utilizar elementos de la cultura pop, o bien por el hecho de cruzar reflexiones o debates muy actuales como el problema de las ciudades (la gentrificación, por ejemplo) o de la sobredosis de información o la posibilidad de la clonación. Hay algún lector que la ha colocado entre una novela de Gibson y una de Ray Loriga, otros la han leído con cierta cercanía a "Los detectives salvajes" de Bolaño en la estructura, otros la ven como una novela latinoamericana del presente... Qué se yo. Lo que sí intenté es algo que ya estaba presente en "La cura", mi primera novela, y es que si bien la estructura o el tema pueden llegar a ser complejos, las unidades de texto son absolutamente livianas y fáciles de leer. Ahí también capaz que hay un acercamiento al pop. Es una novela que siento luminosa desde su escritura y siento, por la respuesta de algunos lectores, que se torna un poco angustiante, o exasperada, no sé cuál término sería el correcto, porque yo, cuando la leí completa el año pasado, antes de publicarla, simplemente me divertí mucho y me reí de cosas que no me acordaba que había escrito.


5)      ¿Qué registros de la narrativa latinoamericana actual te interesan hoy?
Indudablemente siento muy actual, por cierto, a autores de generaciones anteriores como Bolaño, Aira, Bellatin, Noll (un brasileño que me fascina, con una tensión beckettiana increíble) y por supuesto el maestro Levrero. Ellos son mis autores favoritos en cuanto a capacidad de ficcionar, a experimentos en el lenguaje, en muchas cosas que no puedo detallar ahora. Pero en cuanto a cercanía más generacional, tengo que sumar a otros dos, que son además muy buenos amigos: el español Fernández Mallo y el chileno Fuguet, ambos por diferentes motivos. Digamos que Fernández Mallo podría inscribirse en la lista anterior, pero lo dejo afuera porque su novelística, que viene extrañamente de la poesía, está aún en construcción y espero con mucha atención cada uno de sus nuevos libros. Fuguet está en otra dimensión. Él es un gran escritor de un palo más tradicional, que juega su partido entre lo real y la ficción, en una narrativa urbana más real, más noventera, más pop. Escribió una de las mejores novelas de este siglo en nuestra lengua, que se llama "Missing" y que debería encabezar la lista de experimentos de autoficción. Y ahora acaba de sacar "Pudor", que está en otra categoría. Fuguet escribe como Easton Ellis, está despegado. Pero después, y por suerte, aparecen continuamente grandes sorpresas, como los libracos de otro chileno, Héctor Hernández Montecinos, por ejemplo, un poeta salvaje y torrencial que admiro y que sigue la línea de Zurita.

6)      ¿Y de la uruguaya?
Uruguay está en un gran momento, un momento muy fermental. Me interesan cosas muy dispares, desde los tortuosos cuentos de Kanopa al delirio marginal de Lasalt, hasta la poética libertina de tipos como Hoski. Leo mucho de lo que se produce en Uruguay y coincido con lo que ha señalado Hamed de que las nuevas generaciones tienen una producción mucho más interesante que la de generaciones anteriores. Y anoto, por supuesto, a Bentancor, a Mella, a Mardero, a Trías, y a tantos otros en esa bolsa. Eso sí, no hay que perder de vista a autores cuyas producciones siguen siendo imprescindibles, como Luis Pereira en poesía, Roberto Apratto y Horacio Verzi en narrativa, por nombrar solamente a algunos que no paran de publicar muy buenos libros. Eso sí, si me preguntás por "registros" actuales, siento una enorme empatía con Ramiro Sanchiz, especialmente con su novela "El gato y la entropía", que es uno de los libros uruguayos que más disfruté en los últimos años. Creo que, en narrativa, tanto Sanchiz como Kanopa son los dos grandes nombres de las nuevas generaciones.

7)      Pensando en “Las arañas de marte” de Espinosa, en alguna narrativa argentina actual ¿por qué la figura de Bowie se ha vuelto tan fascinante para algunos escritores?
Por supuesto que es una referencia esa novela de Espinosa en lo relativo a ese virus Bowie que anda en la vuelta, pero el flash lo tuve cuando me choqué con "El gato y la entropía", porque Sanchiz es el principal fan de Bowie, es un erudito, y en esa novela, mejor que en ninguna, se respira lo esencial de Bowie, que no es sencillamente lo musical, obviamente, ni él como personaje, que tampoco importa tanto, sino la dimensión que él provoca en los demás de poder abrir portales a otros mundos y territorios sensibles. Sanchiz opera desde una ciencia ficción glam y hace, podría llamarse así, una muy disfrutable y adictiva fan fiction de Bowie. En mi caso, tomo a Ziggy, y la posible teoría de que Ziggy vive en Shanghai y que David podría ser el medio hermano de Xiaomei, para hacer en "Los ojos de una ciudad china" otra fan fiction. Creo que, más allá de matices, varios de los que trabajan desde Bowie, lo que estamos haciendo son fan fictions. Es, por cierto, un fenómeno interesante. ¿Por qué Bowie? Porque es uno de los tipos más influyentes en la cultura pop. Y porque cualquier humano que lo vea cantando "Starman", en la grabación de  Top of The Tops, tiene que rendirse ante él. Es el más grande. Es un extraterrestre. Es el punto exacto de la androginia. Es el punto más alto y sexual del rock and roll. ¿Alcanza con esto?

8)      ¿Qué novela viene?
Vienen muchas. Porque "Los ojos de una ciudad china" es la primera de una serie y porque es un punto de inflexión respecto a las anteriores novelas que publiqué. Esta novela me abrió otra forma de entender y disfrutar la literatura y espero que esto continúe. Yendo a lo concreto, vienen por lo menos dos más que están relacionadas con este mismo proyecto. Y tengo a mitad de camino una novela en la que tomo como personaje principal a Ana Blankleider, la actriz que hizo de novia de Bukowski en "Cervezas y navajas", una obra que hicimos en el año 1991 en Juntacadáveres. Es un homenaje a Ana, es una investigación personal sobre ella y sobre una época y todo deriva obviamente en mí, por lo que me fui voluntariamente a la autoficción... culpa de devorarme todos los libros de Carrere y ahora sigo con el noruego, con Ferrante y con esa joya que te mencioné antes de Fuguet o el bien cercano librazo que se mandó Daniel Mella. Bueno, me metí en ese pantano y voy a ver cómo salgo, o bien qué libro termina saliendo de allí. No es fácil.

9)      ¿Qué le falta a la literatura actual en nuestro país?
 Esa respuesta te la debo. Pero una de las cosas que puede que falten es ambición, o bien lanzarse al vacío. Y en ese sentido, tengo la mayor admiración y respeto por Carlos Reherman, por ejemplo, que se mandó esa gran novela llamada "Dodecamerón". Tengo una deuda con él, porque cuando la leí sentí algo similar a "qué bueno que un uruguayo, alguien a quien conozca, pueda mandarse esta desmesura, esta cosa excesiva", que por cierto disfruté mucho leyéndola. Y fue, nobleza obliga, uno de los disparadores para largarme a escribir el proyecto Shanghai, a meterme en una ciudad a la que nunca visité pero que conozco en muchos de sus íntimos detalles. Todavía no fui a Shanghai, pero tengo la sensación de que me pasará algo similar a lo que me pasó con Berlín, que me pareció la mejor ciudad del planeta y sentí que no le había errado en nada cuando la utilicé como musa de una obra de teatro. Una obra que además tenía una canción muy especial, de mi amigo Maxi Angelieri... que dicho sea de paso fue el segundo lector de "Los ojos de una ciudad china".

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Provinciano", de Apegé

Llevar a cabo un ejercicio de “flaneur” en la actual ciudad de Buenos Aires debe ser arduo, complejo, cansador, oscuro. La ciudad porteña es desordenada y multicolor, es una explosión de sensaciones invasivas, y lograr que los ojos se entrenen para la observación delicada y aguda puede resultar un ejercicio digno de la poesía o la locura. Podemos decir, también, que si el ojo es poeta y loco, la ciudad es un infinito puerto de historias. Para Apegé, ir por ahí afanando historias y contando todo, se hace una sangría de narraciones que atraviesan el dolor, el absurdo, lo bello y la vida.  “Provinciano” es una serie de relatos donde lo literario es la excusa para la crónica. La narrativa de Apegé deja un importante lugar para pintar qué nos pasa mientras el tiempo nos atraviesa, mientras la época aprieta a la gente en este punto del Río de la Plata.
El libro tiene un hilo inicial, que es la llegada de un uruguayo a Buenos Aires, una voz narrativa que nos va a ir llevando de la mano por las guerras de alguien que se mete en la ciudad –desafiante y fiera- para buscar algo, para perseguir un destino diferente entre las letras, para ir atrás de un “qué se yo” que, al final, se convierte en la posibilidad de tomar fotos de cada una de las situaciones que van apareciendo, como la humedad entre las baldosas de una Reina del Plata que tiene poco de noble porque tiene muchísimo de humana, de niña, de rea.
El autor escribe y describe cómo se hace para fundar una ciudad a partir de la mirada, y si bien las construcciones están hechas desde el “yo”, no se trata de un narrador que simplemente habla de sí mismo, sino que, al contrario, se trata de la aparición de los demás. El otro es, en verdad, el centro de las crónicas y los relatos que componen “Provinciano”. No se trata de una visión hacia adentro, no hay un lenguaje del ego, más bien el narrador pone su cuerpo para que sean los otros los que tengan vida, esa primera persona es el vehículo por el cual el lector se comunica con una otredad. Es decir, Apegé pone su “yo” para que seamos otros los que vivamos en Buenos Aires, para que conozcamos la ciudad de noche, para que nos arrimemos a la soledad de alguien que está rodeado de gente incompleta, de lenguas y cuerpos que no son. Por subalternos, por alienados, por snobs, por imbéciles o por víctimas de una maquinaria perversa, los personajes que “Provinciano” contiene son seres sin voz; el inmigrante, el puto, la yira, el linyera, el hípster que se mira sólo a sí mismo, la clase intelectualoide que repite lo que oye, todos son uno en el mundo del texto ya que nadie se hace de una voz propia, ninguno puede construirse o pensarse a sí mismo, están partidos, y eso los llena de soledad, la misma soledad del narrador, que tampoco cede su voz. No presta el lenguaje para que nos hablen los otros, más bien los construye para los lectores, y es que ese observador que Apegé nos propone no puede dar la voz, porque quizá, en la bruma de lo desconocida, es lo único que tiene.
Aparece la ciudad, aparece la noche, aparecen los dramas del solitario, aparecen los personajes de una cosmopolita ocre, como anochecida, que se dan de cara contra todo eso; el amor frustrado, el deseo mancado, el sexo que no importa nada –o importa todo-, la posibilidad de ir armándose en medio de un lugar y un tiempo crueles.
El libro conmueve desde muchos lados, el lector ve con los ojos del autor y logra identificarse en cada uno de los conflictos irresolubles, porque eso sí queda claro; la tristeza no tiene solución.
Hay, en “Provinciano”, alguien que nos pone cara a cara con lo que ve, que nos comparte sus percepciones, que nos presta sus visiones, que nos hace ir por la noche, por la mañana, por lo gris, por lo erótico, por todo aquello que está con nosotros y a veces, se nos escapa. En este escritor del “yo” no tenemos un selfie-selfish, tenemos a alguien que, con generosidad poética, nos da la mano y nos convida a que veamos mejor, a que conozcamos, a que nos enteremos y a que entendamos, también, que todo eso está dicho y dibujado por alguien que, como todos, quiere ser querido, con la lengua en pelotas y la voz honesta.

"Provinciano", de Apegé. El 8vo loco Ediciones. 2016

domingo, 5 de febrero de 2017

Tres poetas: Pini, Ojeda, Rosales

Dentro de los libros de poesía que he leído últimamente, encuentro, especialmente estos tres, de tres poetas rioplatenses que, con reminiscencias de río, de tango, de ciudad, proponen tres visiones distintas de una "épica", la de un país, la de los barrios, o la pequeña que se libra adentro de las puertas de la piel.



1) "Boliche sin cristo", de Mariano Pini

Dueño de una estética oscura, Pini nos adentra en las penumbras de este universal boliche de barrio para que nos perdamos entre sus mesas y aparezcamos en Buenos Aires, en Montevideo, en las puertas de una psicodelia bandoneonera. Desde los gérmenes del vino, las voces poéticas del libro van guiando y creando un mundo con tripas. Pareciera que todo está bellamente roto en la poética que presenta el autor en su "boliche". La presencia de bares donde la vida de los hombres se construye con la poesía, el aroma del tango, la luz que molesta, las mujeres inalcanzables, todos dueños de heridas que los hacen deambular entre los versos de un libro consistente, fuerte, dramático, como la música de un boliche oscuro del puerto.

2) "Toda sombra me es grata", de Álvaro Ojeda

Álvaro Ojeda construye la épica de un país parecido a este entre la mitología griega el ideario platense. Un libro concreto y complejo que, en la diversas partes que lo componen pareciera lograr un lenguaje propio y distinto, atado por un hilo de estética muy marcado que, ya a esta hora, se vuelve una firma de las construcciones poéticas que hacen a la literatura del autor tanto en su poesía como en sus novelas. Entre la décima y el verso libre, entre las figuras del tango o la orquesta típica, aparecen los corajes, el ethos, de unos héroes errantes que, quizá, aparecieron en Montevideo. Se trata de Troya en la esquina de tu casa. Se construye un país dulce que, entre la tristeza y la ternura, se va agrisando cada vez más.

3) "Hilos de agua", de Raimundo Rosales

Ésta vez, la poesía de Rosales se aleja de la línea de su libro anterior, "La Palabra También", y se adentra en las tramas de lo íntimo. Delicado y profundo, el camino que recorren estos "Hilos de agua" llevan al lector por la red secreta de las venas de un "yo" poético que se pregunta, que observa, que se acerca al amor, pero sobre todo, a la profundidad inextricable de la muerte. Con una luminosidad dada por el cuidado del lenguaje, el autor logra que cada verso ocupe el lugar justo para un pensamiento o para un asombro. Un trabajo fino, palabras cosidas con hilos de agua, el agua y su simbolismo ocupan el libro, empapan al lector y lo atan a a la belleza de pensarse.

domingo, 29 de enero de 2017

Escanlar visto por Fuguet: "Todo no es suficiente"

La vida de Gustavo Escanlar en las palabras de Fuguet, ciertamente, resulta bastante más entretenida que muchas de las novelas que ha sacado Alfaguara últimamente. Y es que, visto por un narrador sin fisuras como ya se ha formado el chileno, Escanlar resurge como un personaje fascinante, como la merca que tanto amaba, destructivo y adictivo. Si bien Fuguet, por momentos, sobreactúa esa condición "naif" de no saber que su investigado fuera un tipo duro, controvertido y tan manyado en Uruguay (todo el tiempo pareciera horrorizarse de que la gente le diga que era un zarpado, un sorete, un facho, un ridículo, un genio irremediable, siendo que lo conocía y en el texto hablan de su relación nacida de lo literario), aparece un retrato muy atrapante, no solo por el mismo periodista yorugua, fallecido en 2010, sino, también por la forma en que Fuguet logra llevar ese pastiche de testimonios y esas impresiones que le van dejando cada uno de los supuestos descubrimientos. La vida del mediático, así como el texto, dejan ver la pacatería uruguaya, la forma en que la sobreexposición puede comerse a alguien, la envidia de algunos que lo odiaron deseando, en el fondo, estar donde él estaba, y la tibieza de la mayoría de los participantes que aparecen anónimos con frases como "no me podés citar eh", "mejor no estar asociado a nada que tenga que ver con Escanlar", "tengo familia, ¿entendés?".
Autor de cuentos y novelas de muy lograda prosa (aunque tampoco para tirar ningún cohete), Gustavo Escanlar llevó una vida digna de material fílmico, y es que si hay algo que se deja ver, es que se trataba de un ser indescifrable. Si bien uno pudiera encasillarlo en algún adjetivo que tuviera a mano, lo bravo es que todos le quedarían bien excepto el de "mesurado". "Todo no es suficiente (la corta, intensa y sobreexpuesta vida de Gustavo Escanlar)" es un retrato impactante y una manera de mostrar la narrativa biográfica de modo apasionante. Sea como sea, Fuguet lo logra. Lo único que no logró, fue que el texto se editara en Uruguay. Los uruguayos tenemos ese qué se yo, ¿viste?

"Todo no es suficiente (la corta, intensa y sobreexpuesta vida de Gustavo Escanlar)", de Alberto Fuguet. Alfaguara. 2015

sábado, 28 de enero de 2017

De crónicas: Fernando Noy y Mariana Enríquez

1) "Alguien camina sobre tu tumba", de Mariana Enríquez

Salido en 2014, en "Alguien camina sobre tu tumba", la tremenda Mariana Enríquez, entra en el campo de la "no ficción" para contarnos su camino por las entrañas de los cementerios que ha visitado. Con notable avidez, la autora de "Bajar es lo peor" nos cuenta sus visitas a algunos cementerios del mundo, allí, con su prosa sencilla e intrigante, narra destalles entre escalofriantes y atractivos de cada uno de los camposantos que ha profanado con su mirada impúdica de revolver la muerte. Desde el cementerio de la Isla Martín García, pasando por catacumbas europeas, hasta su paso por las tumbas mejicanas, Enríquez no se detiene en decirnos quién está y qué hizo en vida, sino qué aire se respira, qué colores tiñen el descanso, qué cielo cubre la tierra que nos traga. No solamente la extrañeza pasan por la tinta de "Alguien camina sobre tu tumba", también el absurdo de robar huesos durante el desmayo de uno de los turistas del grupo, o la emoción del entierro de Marta Taboada, una detenida desaparecida, en un gesto donde tener una tumba significa un universo nuevo. Si alguien me ve como ve la autora, quiero que caminen mucho sobre mi tumba.

"Alguien camina sobre tu tumba", de Mariana Enríquez. Ed. Galerna. 2014
2) "Historias del under", de Fernando Noy

Del 2015 es "Historias del under", una serie de crónicas de los años 80 y 90 escritas por el detodísimo, pero más que nada poeta, Fernando Noy. Cronista y protagonista de la movida argentina postdictadura, el bardo porteño narra las desventuras de una juventud en sótanos inmundos creando una belleza violenta sin retorno. Nombres fundamentales del arte argentino contemporáneo tuvieron su origen en las penumbras húmedas del Parakultural, o en el escenario lisérgico de Cemento. La pluma de Noy atraviesa las gargantas de Alejandro Urdapilleta, la memoria de Batato Barea, las risas de las Gambas al Ajillo, las visiones de los omares, Omar Viola y Omar Chabán. Devenido de un programa televisivo transmitido originalmente por Canal (á), Noy no solo presta sus ojos, sino que deja hablar a los protagonistas quienes cuentan qué es el underground, qué papel tuvo en la historia, de dónde viene, por qué tanta bella locura. El autor, además, logra despojarse de sí mismo y se pone como personaje, se trata de una ficción de la "no ficción" presentada para la epopeya del arte subterráneo. En este libro, los relatos que junta Noy dan cuenta de la esencia más del artista, sus raíces de asfalto en el tiempo. 

"Historias del under", de Fernando Noy. Reservoir Books. 2015.


martes, 24 de enero de 2017

"Azar", de Jorge Alastra

Se puede leer un disco, sabelo, y "Azar", el nuevo disco de Jorge Alastra es muy fácil de leer.
En su cuarto trabajo solista, el cantautor uruguayo propone un momento breve de bellas canciones, pequeñas e íntimas que demuestran un intenso poder creador que, por sencillo, no deja de ser tremendamente complejo. Letras concisas, de poéticas profundas, se juntan con melodías y armonías muy arduas. Alastra no solamente muestra el dominio de una gran calidad compositiva, sino que, como ya ha hecho, se muestra como un virtuoso de la guitarra, capaz de mezclar en una canción la herencia de Carlevaro y la de Jaime Roos en "Candombe del 31". Hay un gran reconocimiento de la tradición uruguaya pegado en las canciones; hay Osiris, hay Jaime, hay Viglietti, hay Mateo, pero sobre todo hay mucho Alastra. Se consolida con "Azar", el estilo propio del autor. Luego de su último disco, "Tres", donde hay un pop-folk de logrados arreglos y gran producción, el guitarrista y compositor vuelve a la base fundamental de voz y guitarra, aunque contando con un gran seleccionado de músicos y cantantes invitados, que también hacen, y muy bien, al disco.
Entre las diez canciones (contando el "bonus") que componen "Azar" se destacan; "La cerrazón", dedicada a Walter White, el personaje principal de "Breaking bad", "Milonga de equis", con la voz invitada de Daniel Magnone, gran cantante que pone un sello de hit a las canciones que pasa por su boca, "Hacia el Ayuí", que, como cierre del disco destrona a todas las canciones previamente compuestas a José Artigas y se presenta como la más hermosa de ellas, con sombría presencia. Y, finalmente, "Las cosas verdaderas", simplemente una enorme canción (vidala) de amor.
El arte del disco, a cargo de  Gustavo "Maca" Wojciechowski, lo transforma en un precioso objeto.
Alto disco. Oíd, mortales.

"Azar", de Jorge Alastra. Perro Andaluz. 2017




jueves, 19 de enero de 2017

"Las cosas que perdimos en el fuego", de Mariana Enríquez

En una serie de doce cuentos, Mariana Enríquez desempolva la tradición del terror en estos lares del plata. Con gran técnica y conocimiento del género, la autora, adapta o recrea los miedos y horrores universales de la literatura de terror a nuestros propios miedos urbanos rioplatenses. La tradición de los miedos de una clase media hija de inmigrantes, o de una generación post 80´o de mujeres y hombres de estos países aparece en los cuentos de Enríquez.
Más allá de establecer los climas de horror que configuran los cuentos, hay algunos ejes o hilos temáticos que llevan adelante una marca propia en la pluma de la autora de "Los peligros de fumar en la cama" y "Bajar es lo peor". Siempre aparecen mujeres, voces propias del ser femenino en diferentes versiones, liberadas, oprimidas, brillantes, torpes, lúcidas o poco confiables. Del mismo modo aparece la figura del varón interpelada, aparecen los horrores propios de una clase (porque también es terror que los pobres le saquen todo a los chetos), aparecen los horrores de mujeres quemadas por los hombres, de policías que matan pobres por diversión, el horror de la anorexia. Todo eso en un desempeño narrativo muy bien logrado para establecer el aura espesa del terror. Tampoco se pierde de la tradición fantástica o sobrenatural para la configuración de algunos de los relatos que aparecen en el libro.
Desde "Los peligros de fumar en la cama" y "Alguien camina sobre tu tumba" (sus crónicas de visitas a cementerios del mundo), hasta llegar a este libro, Mariana Enríquez se establece como la gran heredera del poder que da a un escritor hacer correr un frío por la espalda al lujurioso husmeador de los demonios que habitan a cada personaje.

"Las cosas que perdimos en el fuego", de Mariana Enríquez. Ed. Anagrama. 2016