sábado, 22 de abril de 2017

"Metástasis", de Nelson Díaz

Esperé casi un año por esta novela que viene a completar el proyecto "Terminal Moebius". "Metástasis", la novela de Nelson Díaz es la tercera de una serie que se inicia con "Corporación Medusa" y que sigue con "Resaca" en una suerte de trilogía que bien puede leerse en orden y desorden, independiente o no. Es que toda la narrativa de Díaz se trata de un enorme experimento que juega consigo y con el lector.
Esta vez, Roger, nuestro querido protagonista, reencuentra algunos de los elementos perdidos en la anterior novela, quizá no esté tan solo, todavía le queda la presencia o el recuerdo de algunos de sus compañeros, los Perros Terrestres, esa banda disiente de los dogmas de La Corporación, una entidad manejada por Su Excelencia, un personaje que nunca da la cara, pero que decreta toques de queda y lemas que habrán cumplirse a rajatabla gracias a su fuerza de choque, los Largactiles. Esta vez, el mundo construido en la novela está más decadente que nunca, más marchito, mas en el horno. A la locura de cada uno de los personajes, a la pasividad controlada de los "chupamates" que habitan "Monolandia", se suman los ñeris, los suicidios, las arremetidas del colectivo Ovejas Negras, la incompetencia del Inspector Bengoa (un personaje levreriano), y el asesinato de travestis que llevan, como firma, dejar en los cadáveres una careta de Cris Namús.
El mundo personal de Roger, también está en crisis, recuerda la pérdida y el asesinato no resuelto de Paula, su ex novia, la presencia cada vez más fuerte a nivel social de su psiquiatra Faustroll, su locura.
"Metástasis" profundiza el juego de puzzle que planteara "Resaca" y, como en la anterior, las fotos, los afiches, los dibujos forman parte del lenguaje para leer la novela, los discursos cambian, los colores del texto, los registros que van desde los artículos delirantes de Vico (un personaje salido de La Diaria), y las meditaciones en torno a Bengoa. Como arte, un enorme trabajo de la Editorial Yaugurú. La novela juega con ser objeto, también.
"Metástasis" es un respiro ficcional, en medio de tanto autobombo literario donde todos contamos nuestra autovida. Una gran novela entre Burroughs y Polleri, entre Patti Smith y Darnauchans, que llega a ser muy Díaz. Se trata del final incierto de una sólida trilogía y cargada como es "Terminal Moebius". O el inicio. O el fin. O el inicio. O el fin. O el inicio.

"Metástasis", de Nelson Díaz. Ed. Yaugurú. 2017. 

domingo, 9 de abril de 2017

"Adiós a los árboles de Coal Creek", de Santiago Pereira

Un libro que se ve como un VHS. Una película de los 90'. Un primer disco compacto allá por el 92. Uno de los últimos cassettes que pusimos a rebobinar para escuchar una voz poética, anglófila, bella, que nos habló de un paisaje al norte, que nos contó una historia de cómo una década parió personajes, poetas, notas, una cierta belleza de nuestros diez o doce años. Así leí el libro "Adiós a los árboles de Coal Creek" de Santiago Pereira.
Una poética que evoca la voz de los árboles de Coal Creek, de donde salen los fantasmas de un lugar, de una época, de gente que ha vivido con nosotros desde su lejanía. El libro, a modo de epígrafes en cada poema, nos pone como hilo narrativo, los pasos de Demri, una minita on the road, que tras haber oído el disco de su novio, se larga a caminar entre los versos que el autor dibuja con admirable belleza, prolijidad, justeza. Demri atraviesa una ruta con imágenes frías, como en un film yanqui; los poemas la calientan, la alocan, la entristecen, porque las letras, como un bosque de árboles secos y helados, están allí firmes, goteando versos, historias en compacts copiados, lágrimas bellas de una era que murió, un long play que se terminó, un cassette de cinta enredada y anudada para siempre.
"Adiós a los árboles de Coal Creek" es una bella ceremonia que entierra una era, que nos entierra a algunos, y que deja un tallo verde para algo que viene, las palabras, como canciones, matan y dan vida, se despiden y emprenden un nuevo viaje. Aparecerá otra era, otros versos, otras ramas con letras.

"Adiós a los árboles de Coal Creek", de Santiago Pereira. Ed. Yaugurú. 2016.

domingo, 19 de marzo de 2017

"Pichis", de Martín Lasalt

Martín Lasalt saca una novela de la basura. Bolquetea en las calles montevideanas, se mete entre las bolsas, manosea lo podrido, revuelve y revuelve entre la mierda de una ciudad que escupe su parte oscura y, de esos tachos, saca dos personajes poéticos que llevan adelante el breve rato donde caminamos con los pichis; aparecen el Cholo y la Chola.
A partir de estos dos personajes, que son una suerte de pareja de delirios lumpen, vamos recorriendo una ciudad, un tiempo, unos paisajes que apelmazan y juntan las fronteras entre lo real y lo delirante, como si de tanta hambre, el mundo y lo concreto se nos fuera al carajo. Aparece, entonces, lo poético. La novela está inundada de unas construcciones que la vuelven poesía, poesía sacada de la basura, cartoneada entre comida descompuesta y el tiempo, el frío, la gente que pasa sin prestar siquiera sus ojos a dos personas que, quizá, están muriéndose en la calle, con la dignidad golpeada, con las bellezas roídas por los ratones de la pobreza, con el corazón al aire como única comida.
Detrás de todo, de los capítulos que, además pueden leerse de manera independiente, detrás de las figuras del Cholo y de la Chola, está el amor, el amor como la vida, el que llevan, el que mendigan. Mientras estos "pichis" se aman, la ciudad pasa, ciega, inundada, partida, congelada.
"Pichis" es una novelita del subalterno, del absurdo, de la poesía que salta de lo podrido, formada por un lenguaje que vuelve belleza aquello que es muerte, igual que sus protagonistas.

"Pichis", de Martín Lasalt. Fin de Siglo. 2016


lunes, 13 de marzo de 2017

"El miserere de los cocodrilos", de Mercedes Rosende

Una novela policial yorugua. Una novela que da por tierra toda nuestra imagen de inspectores yankies al estilo "Criminal Minds". Una novela que expone la corrupción. Una novela que pinta el imaginario de la cabeza uruguaya a raíz de ladrones, asesinos, abogados garcas, gente que mira para lo costados. Una novela que tiene un aura femenina que la envuelve, que la lleva de la mano por las calles de una Montevideo oscura, fría, con una neblina negra que la cubre.
"El miserere de los cocodrilos" tiene a Úrsula como protagonista. Una mujer con complejos con su cuerpo, con la sombra de su padre muerto que la sigue, que ha padecido esa pequeña violencia familiar que traduce estereotipos, aquello que "se debe", aquello que se muestra solo de una manera para que sea correcta. Una gorda empujada, no sin cierto gozo, a situaciones límite que la mezclan con el delito, la muerte, la mentira, el espionaje. Se trata de un texto policial donde las víctimas y los victimarios se confunden porque todos tienen un muerto en el placard, porque, quizá, en una sociedad como la que transitamos al salir a la calle, todos seamos víctimas de una situación, verdugos de otra.
El narrador de la novela juega con el lector, lo arrastra, lo guía, pero no lo sabe todo, o al menos, no lo cuenta todo. Despacio va develando algunas diapositivas que pintan el eje central del texto.
Las temporalidades varían aunque el presente no siempre responde al pasado, nos recuerda aquello que decía Sartre: "somos lo que hacemos, con lo que hicieron de nosotros", una infancia desgraciada nos puede llevar al límite, pero quizá esta adultez ominosa tenga su explicación en demonios actuales y propios. El lenguaje, por otro lado, contiene esa poética necesaria para la belleza, pero que no se separa de los ambientes grises, terrestres y burdos de los pasillos de juzgados, de los olores a muerte de las cárceles.
Entre idas y venidas, entre la soledad y lo "border", la novela de Mercedes Rosende pone, con una belleza densa y oscura, sobre la mesa que quizá todos lloremos con lágrimas de cocodrilo.

"El miserere de los cocodrilos". Mercedes Rosende. Ed Estuario. 2016




jueves, 9 de marzo de 2017

"Toda clase de cosas posibles", de Virginia Feinmann

Como picotazos, como relámpagos, como gritos de dolor apagados -y no tanto-, o como risas contenidas, atadas, en medio de un velorio. Así son los pequeños textos, los capítulos de esta especie de novela-criatura escrita por Virginia Feinmann. En “Toda clase de cosas posibles” podemos ver el ir en el tiempo de una protagonista mujer, consciente de su sexo, de su historia, de paso por el tiempo, por un país. El decurso de la novela, si es que el texto necesita ser catalogado, se despoja de la anécdota lineal y tradicional, y toma el formato relato breve para la narración que compone la obra entre el diario, la crónica, el microcuento, las arremetidas poéticas de una voz femenina marcada, en suma, por el amor.
Una Virginia protagonista de estos capítulos facebookeros va y viene en el tiempo para contarnos desde un abuso por parte de un pariente, el enamoramiento de un jefe forro, y el quiebre del amor con su pareja, Martín, desde el momento en que él le pide separarse, el ir a vivir sola, llorar, poblar la casa de ausencias, purgar el amor hecho percha contra el sexo apagado.
El lenguaje de la novela es sencillo, un realismo porteño, ciudadano, que, sin embargo, no se ve vacío de momentos de enorme belleza versera, como si, entre la realidad agrisada apareciera abierta la flor de un poema para llorar el desamparo, hacer pelota a los tilingos, rabiar el triunfo de Macri, meterse adentro de la historia, con una historia particular debajo del brazo. 

"Toda clase de cosas posibles", de Virginia Feinmann. Ed. Mulita, 2015

domingo, 26 de febrero de 2017

"Sofoco", de Fernando Noy

En 2014, la editorial Mansalva edita, en Buenos Aires, el libro "Sofoco", del poeta, actor, performer y cronista, Fernando Noy. Se trata del primer libro de cuentos del autor, algunos de ellos, ya habían aparecido en algunas de las entregas del Suplemento Soy de Página 12.
Signados y guiados por un hilo caliente de notable carnadura erótica, los siete cuentos del libro que presenta La Noy, están llenos de un realismo de piel abierta que pone a personajes, la mayoría untados con un tufo a autoficción, en situaciones de sexo dolorosamente atractivo, en esa mezcla perversa y atractiva del dolor, lo pornográfico, como un cóctail delicioso de muerte y semen. Los cuerpos de cada uno de los cuentos sufren el ejercicio de su deseo, sienten el filo de ser lo que son. Maricas que van trágicamente detrás del placer.
Dese una joven aventura pueblerina con dos muchachos gemelos que clavan con furia dulce a un protagonista en iniciaciones, o las aventuras con un taxi boy que mantiene a su familia vendiendo su cuerpo en un sauna que los personajes conocen durante un desfile organizado por Paco Jamandreu, hasta las oscuridades perversas que vive un chico con su tío, los relatos se vuelven pornográficos y poéticos. La prosa de Noy corta el aliento del lector en ese "Sofoco" (nombre tomado de la canción de Chico da Silva y Antonio José). 
Sin duda el último de los cuentos se vuelve un relato explosivo; "Piel de vagina" narra los actos sexuales de un protagonista encarcelado en una comisaría durante la última dictadura argentina con su torturador. El cuento, llevado con gran prosa, mezcla el deseo con el clima espeluznante de milicos y picanas. La putez como manera de la vida, el modo de zafar de la muerte y los castigos impiadosos de hombres en sombras.
Los siete textos de "Sofoco" muestran a Noy como un cuentista fuerte, un mago crónico de la sensualidad sacada de las galeras de lo imprevisto.

"Sofoco", de Fernando Noy. Ed. Mansalva. 2014

"Resaca", de Nelson Díaz

(Publicada originalmente en www.lamirada.com.uy en inicios del 2015) 


Voy a hacer mías unas palabras que dijo Luis Bravo en una entrevista hecha días atrás para La Mirada. Lo que plantea Bravo es que, en su búsqueda por una ruptura o por un lenguaje nuevo, lo anecdótico de la novela lo aburre. Y la verdad es que, creo que Bravo me ha robado las palabras, o al revés. No está claro. Pero en definitiva, debo admitir que, salvo honrosas excepciones, las novelas que han aparecido tienden a ser siniestramente aburridas. Y no es que estén mal escritas, pero su giro en la anécdota no logra la belleza del lenguaje y por tanto, no logra su aventura. Por eso el lector como yo, se aburre. Es por eso que la aparición de algunas novelas me resultan reveladoras, son esperadas, un respiro, un Rivotril literario en un momento de tormentosas letras innecesarias. Es el caso de la novela “Resaca” de Nelson Díaz, editada este año por Yaugurú.
Periodista, novelista y poeta, a Nelson Díaz se le cuelan todos sus oficios en esta especie de collage o de patchwork, como en la misma novela se dice. El discurso se rompe entre lo poético, la entrevista, la ficción narrativa e incluso un juego con el relato gráfico. Eso, en principio, hace que la lectura se vuelva muy acelerada, anfetamínica. La novela se abre y es casi imposible dejar de leerla. Tiene un ritmo muy acelerado, al revés que el ritmo de su protagonista, Roger, quien acaba de salir de una internación psiquiátrica y lleva una vida libre de algunas preocupaciones laborales, por tanto el tiempo de la ciudad “normal” no es su tiempo. Pero sí lo ocupan por completo algunos temas recurrentes, casi obsesiones; la aparición de su ex pareja muerta, algunos personajes que lo persiguen, una carpeta de poemas para corregir y un concepto que llevará adelante la novela que es el “Ludo Biológico”.
“Regresé al viejo caserón. El olor a encierro y humedad fue una cachetada en mi cara. Abrí los postigos del ventanal. Mi cuarto estaba en orden. La cama en el mismo lugar, varios blisters sobre la mesa de luz y un vaso con un líquido incoloro. El psiquiatra me prescribió Valcote, Rivotril y Floxet (…) El tipo me había deseado suerte. Como el título del poemario que intentaba escribir cuando los Largactiles me capturaron”
En medio de una realidad incierta, Roger recuerda algunas de las cosas que sucedieron y que quedaron pendientes antes de su internación. Así entonces aparecen personajes, grupos y corporaciones de los orígenes más variados. Como en un delirio, o en un ataque de psicosis, la novela corta nuestra mente para seguir entre gente escapada de la historia y seres escapados de la imaginación del autor. Aunque no esté del todo claro y, cada tanto, uno mire a su alrededor porque le parece que esos personajes andan en la vuelta.
“Resaca” se escapa de los ojos del lector a través de capítulos cortos, algunos directamente en verso, que podemos relacionar con los manuscritos de “Suerte”, el poemario que Roger debe corregir y que lo persigue como un karma. Más allá de eso, la trama es oscura en su composición, poniendo a Nelson Díaz como “el último dark”, como dice uno de los epígrafes de la contratapa de la novela. Sin embargo, es luminosa porque el lenguaje bellamente utilizado (y más en esta época) es siempre luminoso, como la brasa encendida de un porro.
“Bajo un palmo de tierra, viendo crecer los cipreses desde otra perspectiva, Paula esperaba el olvido definitivo. La diferencia era mínima. Yo también esperaba que se olvidaran definitivamente de mí.”
En definitiva, la novela se vuelve algo necesario, pero a su vez adictivo. Es un tiempo narrativo y un juego (destrucción) del lenguaje de la narración tradicional que nos toma con cierta agradable sorpresa, porque los patchwork tampoco son nuevos, pero aquí hay humor, ironía, oscuridad y pura belleza. En ese sentido, le adjudico un juicio que se le hizo una vez a Darnauchans y que Díaz conoce bien: “esteta decadente”. Pero tanto el Darno como Nelson con su novela no son decadentes. Son estetas en un mundo que es decadente, esa no es su culpa, es su don y su maldición. Como le recuerda a Roger un Boris Vian histórico-delirado dentro de la trama: “Que se mueran los feos”.