domingo, 19 de marzo de 2017

"Pichis", de Martín Lasalt

Martín Lasalt saca una novela de la basura. Bolquetea en las calles montevideanas, se mete entre las bolsas, manosea lo podrido, revuelve y revuelve entre la mierda de una ciudad que escupe su parte oscura y, de esos tachos, saca dos personajes poéticos que llevan adelante el breve rato donde caminamos con los pichis; aparecen el Cholo y la Chola.
A partir de estos dos personajes, que son una suerte de pareja de delirios lumpen, vamos recorriendo una ciudad, un tiempo, unos paisajes que apelmazan y juntan las fronteras entre lo real y lo delirante, como si de tanta hambre, el mundo y lo concreto se nos fuera al carajo. Aparece, entonces, lo poético. La novela está inundada de unas construcciones que la vuelven poesía, poesía sacada de la basura, cartoneada entre comida descompuesta y el tiempo, el frío, la gente que pasa sin prestar siquiera sus ojos a dos personas que, quizá, están muriéndose en la calle, con la dignidad golpeada, con las bellezas roídas por los ratones de la pobreza, con el corazón al aire como única comida.
Detrás de todo, de los capítulos que, además pueden leerse de manera independiente, detrás de las figuras del Cholo y de la Chola, está el amor, el amor como la vida, el que llevan, el que mendigan. Mientras estos "pichis" se aman, la ciudad pasa, ciega, inundada, partida, congelada.
"Pichis" es una novelita del subalterno, del absurdo, de la poesía que salta de lo podrido, formada por un lenguaje que vuelve belleza aquello que es muerte, igual que sus protagonistas.

"Pichis", de Martín Lasalt. Fin de Siglo. 2016


lunes, 13 de marzo de 2017

"El miserere de los cocodrilos", de Mercedes Rosende

Una novela policial yorugua. Una novela que da por tierra toda nuestra imagen de inspectores yankies al estilo "Criminal Minds". Una novela que expone la corrupción. Una novela que pinta el imaginario de la cabeza uruguaya a raíz de ladrones, asesinos, abogados garcas, gente que mira para lo costados. Una novela que tiene un aura femenina que la envuelve, que la lleva de la mano por las calles de una Montevideo oscura, fría, con una neblina negra que la cubre.
"El miserere de los cocodrilos" tiene a Úrsula como protagonista. Una mujer con complejos con su cuerpo, con la sombra de su padre muerto que la sigue, que ha padecido esa pequeña violencia familiar que traduce estereotipos, aquello que "se debe", aquello que se muestra solo de una manera para que sea correcta. Una gorda empujada, no sin cierto gozo, a situaciones límite que la mezclan con el delito, la muerte, la mentira, el espionaje. Se trata de un texto policial donde las víctimas y los victimarios se confunden porque todos tienen un muerto en el placard, porque, quizá, en una sociedad como la que transitamos al salir a la calle, todos seamos víctimas de una situación, verdugos de otra.
El narrador de la novela juega con el lector, lo arrastra, lo guía, pero no lo sabe todo, o al menos, no lo cuenta todo. Despacio va develando algunas diapositivas que pintan el eje central del texto.
Las temporalidades varían aunque el presente no siempre responde al pasado, nos recuerda aquello que decía Sartre: "somos lo que hacemos, con lo que hicieron de nosotros", una infancia desgraciada nos puede llevar al límite, pero quizá esta adultez ominosa tenga su explicación en demonios actuales y propios. El lenguaje, por otro lado, contiene esa poética necesaria para la belleza, pero que no se separa de los ambientes grises, terrestres y burdos de los pasillos de juzgados, de los olores a muerte de las cárceles.
Entre idas y venidas, entre la soledad y lo "border", la novela de Mercedes Rosende pone, con una belleza densa y oscura, sobre la mesa que quizá todos lloremos con lágrimas de cocodrilo.

"El miserere de los cocodrilos". Mercedes Rosende. Ed Estuario. 2016




jueves, 9 de marzo de 2017

"Toda clase de cosas posibles", de Virginia Feinmann

Como picotazos, como relámpagos, como gritos de dolor apagados -y no tanto-, o como risas contenidas, atadas, en medio de un velorio. Así son los pequeños textos, los capítulos de esta especie de novela-criatura escrita por Virginia Feinmann. En “Toda clase de cosas posibles” podemos ver el ir en el tiempo de una protagonista mujer, consciente de su sexo, de su historia, de paso por el tiempo, por un país. El decurso de la novela, si es que el texto necesita ser catalogado, se despoja de la anécdota lineal y tradicional, y toma el formato relato breve para la narración que compone la obra entre el diario, la crónica, el microcuento, las arremetidas poéticas de una voz femenina marcada, en suma, por el amor.
Una Virginia protagonista de estos capítulos facebookeros va y viene en el tiempo para contarnos desde un abuso por parte de un pariente, el enamoramiento de un jefe forro, y el quiebre del amor con su pareja, Martín, desde el momento en que él le pide separarse, el ir a vivir sola, llorar, poblar la casa de ausencias, purgar el amor hecho percha contra el sexo apagado.
El lenguaje de la novela es sencillo, un realismo porteño, ciudadano, que, sin embargo, no se ve vacío de momentos de enorme belleza versera, como si, entre la realidad agrisada apareciera abierta la flor de un poema para llorar el desamparo, hacer pelota a los tilingos, rabiar el triunfo de Macri, meterse adentro de la historia, con una historia particular debajo del brazo. 

"Toda clase de cosas posibles", de Virginia Feinmann. Ed. Mulita, 2015

domingo, 26 de febrero de 2017

"Sofoco", de Fernando Noy

En 2014, la editorial Mansalva edita, en Buenos Aires, el libro "Sofoco", del poeta, actor, performer y cronista, Fernando Noy. Se trata del primer libro de cuentos del autor, algunos de ellos, ya habían aparecido en algunas de las entregas del Suplemento Soy de Página 12.
Signados y guiados por un hilo caliente de notable carnadura erótica, los siete cuentos del libro que presenta La Noy, están llenos de un realismo de piel abierta que pone a personajes, la mayoría untados con un tufo a autoficción, en situaciones de sexo dolorosamente atractivo, en esa mezcla perversa y atractiva del dolor, lo pornográfico, como un cóctail delicioso de muerte y semen. Los cuerpos de cada uno de los cuentos sufren el ejercicio de su deseo, sienten el filo de ser lo que son. Maricas que van trágicamente detrás del placer.
Dese una joven aventura pueblerina con dos muchachos gemelos que clavan con furia dulce a un protagonista en iniciaciones, o las aventuras con un taxi boy que mantiene a su familia vendiendo su cuerpo en un sauna que los personajes conocen durante un desfile organizado por Paco Jamandreu, hasta las oscuridades perversas que vive un chico con su tío, los relatos se vuelven pornográficos y poéticos. La prosa de Noy corta el aliento del lector en ese "Sofoco" (nombre tomado de la canción de Chico da Silva y Antonio José). 
Sin duda el último de los cuentos se vuelve un relato explosivo; "Piel de vagina" narra los actos sexuales de un protagonista encarcelado en una comisaría durante la última dictadura argentina con su torturador. El cuento, llevado con gran prosa, mezcla el deseo con el clima espeluznante de milicos y picanas. La putez como manera de la vida, el modo de zafar de la muerte y los castigos impiadosos de hombres en sombras.
Los siete textos de "Sofoco" muestran a Noy como un cuentista fuerte, un mago crónico de la sensualidad sacada de las galeras de lo imprevisto.

"Sofoco", de Fernando Noy. Ed. Mansalva. 2014

"Resaca", de Nelson Díaz

(Publicada originalmente en www.lamirada.com.uy en inicios del 2015) 


Voy a hacer mías unas palabras que dijo Luis Bravo en una entrevista hecha días atrás para La Mirada. Lo que plantea Bravo es que, en su búsqueda por una ruptura o por un lenguaje nuevo, lo anecdótico de la novela lo aburre. Y la verdad es que, creo que Bravo me ha robado las palabras, o al revés. No está claro. Pero en definitiva, debo admitir que, salvo honrosas excepciones, las novelas que han aparecido tienden a ser siniestramente aburridas. Y no es que estén mal escritas, pero su giro en la anécdota no logra la belleza del lenguaje y por tanto, no logra su aventura. Por eso el lector como yo, se aburre. Es por eso que la aparición de algunas novelas me resultan reveladoras, son esperadas, un respiro, un Rivotril literario en un momento de tormentosas letras innecesarias. Es el caso de la novela “Resaca” de Nelson Díaz, editada este año por Yaugurú.
Periodista, novelista y poeta, a Nelson Díaz se le cuelan todos sus oficios en esta especie de collage o de patchwork, como en la misma novela se dice. El discurso se rompe entre lo poético, la entrevista, la ficción narrativa e incluso un juego con el relato gráfico. Eso, en principio, hace que la lectura se vuelva muy acelerada, anfetamínica. La novela se abre y es casi imposible dejar de leerla. Tiene un ritmo muy acelerado, al revés que el ritmo de su protagonista, Roger, quien acaba de salir de una internación psiquiátrica y lleva una vida libre de algunas preocupaciones laborales, por tanto el tiempo de la ciudad “normal” no es su tiempo. Pero sí lo ocupan por completo algunos temas recurrentes, casi obsesiones; la aparición de su ex pareja muerta, algunos personajes que lo persiguen, una carpeta de poemas para corregir y un concepto que llevará adelante la novela que es el “Ludo Biológico”.
“Regresé al viejo caserón. El olor a encierro y humedad fue una cachetada en mi cara. Abrí los postigos del ventanal. Mi cuarto estaba en orden. La cama en el mismo lugar, varios blisters sobre la mesa de luz y un vaso con un líquido incoloro. El psiquiatra me prescribió Valcote, Rivotril y Floxet (…) El tipo me había deseado suerte. Como el título del poemario que intentaba escribir cuando los Largactiles me capturaron”
En medio de una realidad incierta, Roger recuerda algunas de las cosas que sucedieron y que quedaron pendientes antes de su internación. Así entonces aparecen personajes, grupos y corporaciones de los orígenes más variados. Como en un delirio, o en un ataque de psicosis, la novela corta nuestra mente para seguir entre gente escapada de la historia y seres escapados de la imaginación del autor. Aunque no esté del todo claro y, cada tanto, uno mire a su alrededor porque le parece que esos personajes andan en la vuelta.
“Resaca” se escapa de los ojos del lector a través de capítulos cortos, algunos directamente en verso, que podemos relacionar con los manuscritos de “Suerte”, el poemario que Roger debe corregir y que lo persigue como un karma. Más allá de eso, la trama es oscura en su composición, poniendo a Nelson Díaz como “el último dark”, como dice uno de los epígrafes de la contratapa de la novela. Sin embargo, es luminosa porque el lenguaje bellamente utilizado (y más en esta época) es siempre luminoso, como la brasa encendida de un porro.
“Bajo un palmo de tierra, viendo crecer los cipreses desde otra perspectiva, Paula esperaba el olvido definitivo. La diferencia era mínima. Yo también esperaba que se olvidaran definitivamente de mí.”
En definitiva, la novela se vuelve algo necesario, pero a su vez adictivo. Es un tiempo narrativo y un juego (destrucción) del lenguaje de la narración tradicional que nos toma con cierta agradable sorpresa, porque los patchwork tampoco son nuevos, pero aquí hay humor, ironía, oscuridad y pura belleza. En ese sentido, le adjudico un juicio que se le hizo una vez a Darnauchans y que Díaz conoce bien: “esteta decadente”. Pero tanto el Darno como Nelson con su novela no son decadentes. Son estetas en un mundo que es decadente, esa no es su culpa, es su don y su maldición. Como le recuerda a Roger un Boris Vian histórico-delirado dentro de la trama: “Que se mueran los feos”.

 

martes, 21 de febrero de 2017

Esa mujer me da miedo: entrevista a Mariana Enríquez




Impactado por la aparición de su primera novela, "Bajar es lo peor" (1994), hoy el ambiente literario argentino ya tiene el nombre de Mariana Enríquez instaladísimo como una de las grandes referentes de la narrativa actual. Heredera de los elementos alquímicos que hacen a la tradición literaria de la Argentina, sabia "traductora" de los miedos sociales, con algo del horror cercano de Stephen King y otro poco de la sombra de Alejandra Pizarnik, Enríquez ha logrado hacerse de un nombre clave para los lectores de las letras de terror. Varios de sus cuentos han circulado desde Página 12 (donde se desempeña como subeditora del suplemento Radar), y se han instalado como un zumbido oscuro con sus tramas espeluznantes por lo posible, aunque nunca faltas de un elemento fantástico que de el toque exacto para que el lector se sienta, por completo, metido en clima inquietante, que lo lo excita y lo atrae. 
Si bien se le ha conocido como una fanática y experta lectora de la literatura de vampiros, no es por allí donde caminan sus historias, sino que toman ese algo siniestro que todos tenemos y los muestran descarnado, para que, al leerla uno se pregunte cómo no pensar en que algo así podría estar esperándonos en la vereda: mujeres quemadas, adolescentes desequilibradas, niños muertos, celos, terrores íntimos que se cuelan en la consciencia colectiva, que están latentes y que Mariana Enríquez relata con maestría para sacarnos la venda y ver que, mucho de lo que nos rodea, puede ser una historia de horror. 
El año pasado se editó su libro de cuentos "Las cosas que perdimos en el fuego", que fue editado en más de veinte países, además de los de habla hispana, que le valió el premio Ciutat de Barcelona en la categoría "literatura castellana", y este año se reeditó, a través de Anagrama "Los peligros de fumar en la cama", su anterior volumen de relatos. A propósito de algunas cosas, le hacemos algunas preguntas a Mariana Enríquez.


¿Hay miedos rioplatenses que puedan diferenciarse del resto?

Si, todos los lugares tienen sus miedos particulares. Encuentro que, si llamamos “rioplatense” a Buenos Aires y Montevideo, nuestros miedos son algo melancólicos, muy fantasmales. Son ciudades lejanas, húmedas. No sé: a mi siempre me dieron bastante miedo las novelas de Larsen de Onetti, especialmente el clima gótico de El Astillero.

¿Se podría hablar de un terror/horror rioplatense como género?

Eso es otra cosa. En castellano, en general, el horror siempre se presentó en casos aislados. En escritores aislados –aunque algunos muy importantes, claro, como Quiroga; pero pensá cuánto hace de Quiroga-- o en relatos o novelas aisladas de escritores que no se dedicaron. Para que sea un género, como el cuento de fantasmas inglés, tiene que haber una tradición clara y creo que no la hay.

Así como con la muerte, ¿ha habido un tabú con el terror?

Espero que no. Algunos hechos muy espantosos de la guerra y la política suelen ser tabú, pero cada vez menos.

¿Por qué la figura femenina se vuelve tan axial en el género a lo largo de la historia?

Porque tradicionalmente la mujer fue lo vulnerable que había que proteger. Y perder a la mujer, de alguna manera, era perder la descendencia, la especie. También, casi al mismo tiempo, era la bruja, la mujer peligrosa en tratos con el Demonio, que rompía el orden masculino de la religión y el dominio. Luego, en el gótico, me parece que había un impulso sobre todo de las escritoras mujeres que escribieron el género en hablar sobre sus encierros, sus frustraciones, sus limitaciones, desde un lugar muy oscuro –que lo era--. Hoy, por toda esa historia, la mujer se ganó un lugar protagónico aunque el rol afortunadamente puede ir variando, puede ser villana, puede ser la monstrua, la brutal.

Tanto en “Los peligros de fumar en la cama”, como en “Las cosas que perdimos en el fuego”, hay una presencia política fuerte. La política ¿tiene su costado terrorífico?

Por supuesto, la política es lo que influye directamente en la vida de la gente y, especialmente en nuestros países, puede ser muy violenta. Las dictaduras, las grandes crisis, la desigualdad, todo eso es el horror.

¿Por qué el horror tiene tan presente la adolescencia como eje central? Incluso en “Los peligros” y “Las cosas que perdimos”, hay varios cuentos protagonizados por adolescentes.

No sé en general, pero en mi caso la adolescencia me parece un momento muy poderoso y muy vulnerable. El gusto por el peligro, el despertar sexual, la crueldad de cierta inconsciencia, la rebeldía e incluso cierto enamoramiento con la muerte que vienen con la edad son ideales para un relato del terror. Eso también sucede en cine.

¿Por qué escritores, del género o no, te sentís influenciada?

Stephen King, Robert Aickman, Ray Bradbury, William Faulkner, el Cortázar cuentista, Peter Straub, Rimbaud, J. G. Ballard, Neil Gaiman, Bruce Chatwin, Roberto Arlt, Manuel Puig.

¿Qué escritores de la actualidad te interesan?

En castellano, Federico Falco, Maximiliano Barrientos, Javier Calvo, María Gainza, Margarita García Robayo, Liliana Bodoc, Mariano Blatt (apenas una selección). En inglés y algún otro Laird Barron, Kelly Link, M. John Harrison, Helen Oyeyemi, Warsan Shire, John Ajvide Lindqvist, muchos más.

Para el terror, ¿el cuento o la novela?

Los dos.

Parafraseando una película clásica de asesinos en serie, ¿cuál es tu película de terror favorita? ¿Por qué?

"Mulholland Drive", de David Lynch. Porque me da miedo, sencillamente.

¿Y libro?

Cementerio de animales de Stephen King. Por el mismo motivo y además porque es extremadamente retorcido y valiente. Un libro sobre el miedo a la muerte descarado, brutal.

Cerrada la gira de “Las cosas que perdimos en el fuego” que ha sido explosiva, ¿qué proyecto literario tenés?

Falta para la gira del libro, tengo que ir a algunos lanzamientos europeos. Los próximos proyectos son una novela corta fantástica, filo juvenil, que saldrá por Random en abril y estoy escribiendo una novela. Larga. De terror. Pero no puedo decir mucho más.

lunes, 13 de febrero de 2017

Nowhere man: entrevista a Gabriel Peveroni


Periodista, escritor, conductor y productor de TV. Hace poco reseñábamos de forma antojadiza su novela "Los ojos de una ciudad china" (editada por HUM en 2016), un texto armado a manera de multivoces o multivisiones, que nos cuentan los avatares de una serie de personajes que confluyen en Shangai, una ciudad admirable y temible que crece a gritos. Entre el pasado y el futuro, entre las situaciones enredadas de europeos, sudacas y orientales, la novela se abre paso con una prosa cuidada y adictiva.
Con poesìa, mucho teatro (ya es mentada la dupla Peveroni - Dodera), y con tres novelas anteriores ("La cura", "El exilio según Nicolás" y "Tobogán blanco") en su haber, el autor logra con su último trabajo un despegue de la narrativa anterior, aunque siguiendo ciertas líneas experimentales como jugar con supuestos textos de César Aira, o la presencia de Bowie como un fantasma inevitable de una era "pop". Un licuado de la posibilidad de ficción y de la técnica narrativa hacen de "Los ojos de una ciudad china". A propósito de la novela y otras yerbas, le hacemos algunas preguntas a Gabriel Peveroni.

1)      ¿Por qué, desde su inicio en forma de obra de teatro, se te ocurrió Shangai como escenario?
De algún modo, todo empezó -lo de Shanghai- por la necesidad de elegir un lugar para continuar la serie Groenlandia-Berlín, obras teatrales que escribí y dirigió María Dodera y que comparten un cierto lenguaje poético y búsquedas estéticas. Groenlandia tiene su origen en cierta metáfora adolescente referida a Uruguay, por el frío, por el mismo huso horario. Y lo de Berlín ya era más complicado: alguna vez había escrito algún verso referido a Berlín, acaso por el muro, o por resonancias que pueden ir hasta un verso perdido de Fito Páez, de la canción "Lejos en Berlín", de la época que Fito estaba incendiado de Bukowski y Prince. En su momento me divirtió escribir sobre un lugar al que no había ido, pero del que se podía compartir incluso nostalgia, un lugar muy pesado para los que vivimos la segunda mitad del siglo XX habituados a que hubiera dos mundos... Aquella obra, que la hicimos en el Goethe y algunos la vieron como posdramática, transcurría en un aeropuerto, en tránsito, en viaje a  Berlín. Y al momento de elegir Shanghai no hubo muchas dudas: quería salir de Occidente, había una referencia a una novela que había leído de la drag-queen Miss Shangay Lily, pero sobre todo algo que me había comentado sobre Shanghai un uruguayo que vivía allá, un surfista de los 70 que soñaba con ir a Hawaii y la aventura de su vida lo llevó a vivir en Francia, en Canadá, en Bali y en determinado momento, cuando cumplió cincuenta años, se propuso vivir en un sitio con la "máxima dificultad", esas fueron sus palabras, y ese lugar era Shanghai. De algún modo, para mí significaba escribir una obra con una fuerte dificultad... y como me aterró un poco, o más bien no quise continuar el camino más corto, o sea continuar el lenguaje y personajes de Groenlandia y Berlín, pasó algo curioso y que me abrió otros caminos: decidí escribir una novela para probar personajes y luego llevarlos a otro plan de dramaturgia. Ese es el inicio de "Los ojos de una ciudad china", que en realidad es parte de un proyecto narrativo que fui haciendo sobre la marcha, que empezó en el 2010 y todavía no está terminado, y cuya primera etapa es esta.

2)      ¿Cómo fue el proceso de construcción de personajes? ¿Por qué la elección de cada uno?
Hay por lo menos tres grupos de personajes en "Los ojos de una ciudad china". Un primer grupo nuclea a los que están ligados al documental que está haciendo un equipo de televisión española en Shanghai, y esos vienen del anclaje que decidí hacer en esa ciudad china y en posibles personajes para poder empezar a escribir. No podía hacer una novela con personajes chinos, por ejemplo. Por eso elegí una serie de personajes hispanoparlantes, los que -de alguna manera- adoptaron algunas características que tomé de mi experiencia como productor periodístico en el programa Ir y Volver de Tevé Ciudad, dedicado a historias de emigrantes uruguayos. Así fueron apareciendo Igor y Brian (los que van a filmar a Shanghai) y una serie de personajes que ellos, y yo también mientras escribía, fuimos conociendo: el chileno Arturo Ledesma y su familia, por ejemplo, que es uno de los centrales. Hay otro grupo de personajes que tiene que ver con China, directamente, y son pocos, lo que los hace manejables: Xiaomei, su nieta Alaia, el japonés Akira y en ese grupo incluyo a Ziggy. Después hay otro grupo en el que pondría a los que vienen de otros lados, que tienen una prehistoria, o algo similar. Me refiero a Melina y a Joy, que aparecían en Groenlandia y en Berlín, aunque no sean exactamente los mismos. Y también agregaría en ese grupo a los "literarios", como Cesar Aira, a la investigadora de su obra Charlotte Tzara o a personajes de otras ficciones como María Zauber o el grupo de rock Los Suicidas. Hay otros personajes que no aparecen en "Los ojos de una ciudad china" pero que son centrales en la historia que se desarrolla en libros posteriores, pero eso lo dejo para más adelante. Lo que sí, al ir pensando los personajes, en una primera instancia, como materia prima o borradores de una futura obra teatral llamada Shanghai, traté de desarrollarlos con bastante precisión y cuidado, me detuve en ellos, probé escribir desde sus sensibilidades, que es un poco como se trabaja la dramaturgia de actor antes de ir a la escena.


3)      La novela está escrita en diferentes registros, ¿es un modo de “escapar” de la narrativa tradicional?
La única intencionalidad previa, que podría señalarse como no tradicional, fue la de escribir una novela fuera impublicable desde un punto de vista práctico. Me plantee una meta de dos millones de caracteres, al pensar una estructura de 365 puntos de vista, cada uno por cada día del año, de diferentes personajes, a lo largo de doce meses de diferentes años, no precisamente consecutivos. Si cada fragmento lo empecé trabajando en unos 3500 caracteres y después se me iban a 5000, el grado de obsesión y de locura era bastante alto, sobre todo si no quería perderme, naufragar, que de hecho fue lo que pasó cuando llegué al mes de julio, que es hasta donde llegué, aunque tengo terminados un par de meses posteriores. Ese vendría a ser el magma central del proyecto... y "Los ojos de una ciudad china" recoge solamente los tres primeros meses... enero, febrero y marzo, luego reeditados para que la estructura fuera más adecuada para el lector, para quitarle las costuras de hacerlo en la sucesión que utilicé en la escritura... Cada punto de vista no implica diferentes registros, o sí, porque se empezaron a sumar, por ejemplo, páginas de libros atribuidos a Cesar Aira, por ejemplo, que es uno de los mecanismos que se me ocurrieron para en primer caso divertirme y luego se volvieron esenciales al libro, porque de alguna manera hay un juego de la ficción incidiendo en lo real, por ejemplo que el personaje de un libro de Aira sea imitado por otro personaje en otro plano de la ficción. Así todo se va transformando en un juego de cajas, que muchas veces no se acomodan una dentro de otra, e incluso e intersectan. O sea, los puntos de vista, por ejemplo, suelen ser contradictorios en lo real, y eso se lleva a la novela, en la que hay cosas que se relatan de diferentes maneras según sean vistas por un personaje o en distintos tiempos.


4)      ¿Podríamos hablar de una novela Pop? ¿Por qué?
No soy la persona adecuada para etiquetar a la novela. Sé que hay quienes la señalan como una novela pop, que no sé bien lo que quiere decir, pero seguramente tenga que ver con la urgencia, con ser muy contemporánea, con utilizar elementos de la cultura pop, o bien por el hecho de cruzar reflexiones o debates muy actuales como el problema de las ciudades (la gentrificación, por ejemplo) o de la sobredosis de información o la posibilidad de la clonación. Hay algún lector que la ha colocado entre una novela de Gibson y una de Ray Loriga, otros la han leído con cierta cercanía a "Los detectives salvajes" de Bolaño en la estructura, otros la ven como una novela latinoamericana del presente... Qué se yo. Lo que sí intenté es algo que ya estaba presente en "La cura", mi primera novela, y es que si bien la estructura o el tema pueden llegar a ser complejos, las unidades de texto son absolutamente livianas y fáciles de leer. Ahí también capaz que hay un acercamiento al pop. Es una novela que siento luminosa desde su escritura y siento, por la respuesta de algunos lectores, que se torna un poco angustiante, o exasperada, no sé cuál término sería el correcto, porque yo, cuando la leí completa el año pasado, antes de publicarla, simplemente me divertí mucho y me reí de cosas que no me acordaba que había escrito.


5)      ¿Qué registros de la narrativa latinoamericana actual te interesan hoy?
Indudablemente siento muy actual, por cierto, a autores de generaciones anteriores como Bolaño, Aira, Bellatin, Noll (un brasileño que me fascina, con una tensión beckettiana increíble) y por supuesto el maestro Levrero. Ellos son mis autores favoritos en cuanto a capacidad de ficcionar, a experimentos en el lenguaje, en muchas cosas que no puedo detallar ahora. Pero en cuanto a cercanía más generacional, tengo que sumar a otros dos, que son además muy buenos amigos: el español Fernández Mallo y el chileno Fuguet, ambos por diferentes motivos. Digamos que Fernández Mallo podría inscribirse en la lista anterior, pero lo dejo afuera porque su novelística, que viene extrañamente de la poesía, está aún en construcción y espero con mucha atención cada uno de sus nuevos libros. Fuguet está en otra dimensión. Él es un gran escritor de un palo más tradicional, que juega su partido entre lo real y la ficción, en una narrativa urbana más real, más noventera, más pop. Escribió una de las mejores novelas de este siglo en nuestra lengua, que se llama "Missing" y que debería encabezar la lista de experimentos de autoficción. Y ahora acaba de sacar "Pudor", que está en otra categoría. Fuguet escribe como Easton Ellis, está despegado. Pero después, y por suerte, aparecen continuamente grandes sorpresas, como los libracos de otro chileno, Héctor Hernández Montecinos, por ejemplo, un poeta salvaje y torrencial que admiro y que sigue la línea de Zurita.

6)      ¿Y de la uruguaya?
Uruguay está en un gran momento, un momento muy fermental. Me interesan cosas muy dispares, desde los tortuosos cuentos de Kanopa al delirio marginal de Lasalt, hasta la poética libertina de tipos como Hoski. Leo mucho de lo que se produce en Uruguay y coincido con lo que ha señalado Hamed de que las nuevas generaciones tienen una producción mucho más interesante que la de generaciones anteriores. Y anoto, por supuesto, a Bentancor, a Mella, a Mardero, a Trías, y a tantos otros en esa bolsa. Eso sí, no hay que perder de vista a autores cuyas producciones siguen siendo imprescindibles, como Luis Pereira en poesía, Roberto Apratto y Horacio Verzi en narrativa, por nombrar solamente a algunos que no paran de publicar muy buenos libros. Eso sí, si me preguntás por "registros" actuales, siento una enorme empatía con Ramiro Sanchiz, especialmente con su novela "El gato y la entropía", que es uno de los libros uruguayos que más disfruté en los últimos años. Creo que, en narrativa, tanto Sanchiz como Kanopa son los dos grandes nombres de las nuevas generaciones.

7)      Pensando en “Las arañas de marte” de Espinosa, en alguna narrativa argentina actual ¿por qué la figura de Bowie se ha vuelto tan fascinante para algunos escritores?
Por supuesto que es una referencia esa novela de Espinosa en lo relativo a ese virus Bowie que anda en la vuelta, pero el flash lo tuve cuando me choqué con "El gato y la entropía", porque Sanchiz es el principal fan de Bowie, es un erudito, y en esa novela, mejor que en ninguna, se respira lo esencial de Bowie, que no es sencillamente lo musical, obviamente, ni él como personaje, que tampoco importa tanto, sino la dimensión que él provoca en los demás de poder abrir portales a otros mundos y territorios sensibles. Sanchiz opera desde una ciencia ficción glam y hace, podría llamarse así, una muy disfrutable y adictiva fan fiction de Bowie. En mi caso, tomo a Ziggy, y la posible teoría de que Ziggy vive en Shanghai y que David podría ser el medio hermano de Xiaomei, para hacer en "Los ojos de una ciudad china" otra fan fiction. Creo que, más allá de matices, varios de los que trabajan desde Bowie, lo que estamos haciendo son fan fictions. Es, por cierto, un fenómeno interesante. ¿Por qué Bowie? Porque es uno de los tipos más influyentes en la cultura pop. Y porque cualquier humano que lo vea cantando "Starman", en la grabación de  Top of The Tops, tiene que rendirse ante él. Es el más grande. Es un extraterrestre. Es el punto exacto de la androginia. Es el punto más alto y sexual del rock and roll. ¿Alcanza con esto?

8)      ¿Qué novela viene?
Vienen muchas. Porque "Los ojos de una ciudad china" es la primera de una serie y porque es un punto de inflexión respecto a las anteriores novelas que publiqué. Esta novela me abrió otra forma de entender y disfrutar la literatura y espero que esto continúe. Yendo a lo concreto, vienen por lo menos dos más que están relacionadas con este mismo proyecto. Y tengo a mitad de camino una novela en la que tomo como personaje principal a Ana Blankleider, la actriz que hizo de novia de Bukowski en "Cervezas y navajas", una obra que hicimos en el año 1991 en Juntacadáveres. Es un homenaje a Ana, es una investigación personal sobre ella y sobre una época y todo deriva obviamente en mí, por lo que me fui voluntariamente a la autoficción... culpa de devorarme todos los libros de Carrere y ahora sigo con el noruego, con Ferrante y con esa joya que te mencioné antes de Fuguet o el bien cercano librazo que se mandó Daniel Mella. Bueno, me metí en ese pantano y voy a ver cómo salgo, o bien qué libro termina saliendo de allí. No es fácil.

9)      ¿Qué le falta a la literatura actual en nuestro país?
 Esa respuesta te la debo. Pero una de las cosas que puede que falten es ambición, o bien lanzarse al vacío. Y en ese sentido, tengo la mayor admiración y respeto por Carlos Reherman, por ejemplo, que se mandó esa gran novela llamada "Dodecamerón". Tengo una deuda con él, porque cuando la leí sentí algo similar a "qué bueno que un uruguayo, alguien a quien conozca, pueda mandarse esta desmesura, esta cosa excesiva", que por cierto disfruté mucho leyéndola. Y fue, nobleza obliga, uno de los disparadores para largarme a escribir el proyecto Shanghai, a meterme en una ciudad a la que nunca visité pero que conozco en muchos de sus íntimos detalles. Todavía no fui a Shanghai, pero tengo la sensación de que me pasará algo similar a lo que me pasó con Berlín, que me pareció la mejor ciudad del planeta y sentí que no le había errado en nada cuando la utilicé como musa de una obra de teatro. Una obra que además tenía una canción muy especial, de mi amigo Maxi Angelieri... que dicho sea de paso fue el segundo lector de "Los ojos de una ciudad china".